Dom. May 16th, 2021
Alguien, algo, allá fuera

Alguien, algo, allá fuera

Alguien, algo, allá fuera

La explanada del alma de Alguien a veces se parece a los caminos que recorremos, cuando por casualidad resulta que miramos fuera, que contemplamos en vez de dejar que nos guíen los instintos. Cuando el egoísmo muere, nacen los ojos.

El paisaje cambia constantemente; nuestro silencio dentro del auto no, es siempre el mismo, tan monocorde, aunque alguien hable, aunque alguien crea haber hablado y que quizá otro alguien de los tres que estamos —si no se nos cuentan los recuerdos, todo cuanto cargamos a espaldas— le haya respondido. Pero por qué habría de ser así, si pertenecemos a mundos tan distantes. Sobre todo yo, eso lo sé.

Más de dos horas de trayecto lo alejan ya de la ciudad, abandona su acogedora envoltura de ruido y de rutinas, le hacen dejar atrás su habitación, la de sus padres, el salón y la cocina, espacios reducidos y tan familiares, cómodos por conocidos, para adentrarse en una zona interminable de campos que son materia viva, móvil, susceptible de ser atacada y muerta por las lluvias o las manos o las pisadas de una gran cosechadora, suelo de colores mudables, lomas y pozos, árboles al borde de la carretera que airean sus pocas ramas como para incitar al conductor a irse sobre ellos, quizá torearlo hasta clavarle la espada en los ijares (el volante girado, el motor desplazado hacia atrás con el golpe: las tripas fuera, rojas, humo, un espantoso hedor a pintura quemada), cada uno será un reto, en adelante. De cuando en cuando, pequeñas lagunas que se han formado con el agua de lluvia, quizá con lágrimas de las familias que han venido a recoger sus víctimas y se tienen que arrodillar entre cristales porque en el campo nadie barre, no como en las calles de la capital que, por más sucias que las dejen el trajín o las desgracias siempre acaban con su mugre en la panza de un camión de aseo. Hoy no hay lugar para pensamientos alegres, ni siquiera pensamientos, únicamente flujo de voz dentro del cráneo, el rostro fijo, el cuello tenso mientras el niño mira los sembrados de maíz, los tendederos de lúpulo, hierba, canales, restos de una motocicleta, y no imagina nada, ni siquiera esa tremenda paleta de pintor con tierras rojas de arcilla y arenas más naranjas, y terrenos oscuros, es capaz de sacudirle de encima ese letargo, simplemente recibe, quién sabe si por dentro es capaz de procesar su cuello tan tenso que duele, la expresión del rostro sin variar quizá desde por la mañana, notar las cuencas oculares tan hundidas, cobrar conciencia de sí.

El camino continúa y las luces del atardecer tintan el paisaje y la espadaña de una iglesia cuyo pueblo, minúsculo, atraviesan, y se refleja en las pocas fachadas que se van topando, que nos vamos topando, que se van acercando a la carretera, gris, negra, azul en ocasiones, que nunca se detiene. Hasta que hago un esfuerzo y se produce la magia, un desvío sin asfaltar nos dirige hacia la finca de mi tío. Eso lo recuerdo, o me lo acaba de decir él mismo, con este ruido no lo sé. Tío Jaime baja del auto y abre el portón, tía Esther sigue conduciendo por un sendero de grava hasta que llegamos a un pequeño parque con dos mesas y bancos de cemento en medio del césped, hay castaños alrededor y un nogal, todo eso lo veo-escucho como si estuviera enfrente de mí, como si lo comprendiera de alguna manera, hasta que me saca del asiento y me lleva a la casa enorme con demasiados colores, no deberían estar todos juntos allí. El tío Jaime se les une y entran los tres, el niño y ellos, los techos tan altos, el salón azul primero, una excesiva sensación de frescura y de sosiego desbaratador, angustiante, que provoca tos y toso hasta que sale y lo escupo, no puedo seguir mirando y me concentro en el suelo. No he podido apoyarme en el respaldo de una silla cercana, era demasiado azul, he preferido aguantar la flojera de piernas y el que tía me pase su brazo babeante, de manteca y sudor, tan ajeno, quizá no vivo, por la espalda, y no he protestado, ni siquiera he puesto gesto de disgusto en esta cara que ya no me obedece y se mueve sola, en tics, en contracciones a veces muy dolorosas, siento como si empezara a ser la cara de otro, yo empiezo a ser otra persona. Demasiada luz, también, en el techo y los laterales, muchas (para qué tantas) ventanas, soportables por la hora pero terribles seguramente durante todas y cada una de las horas diurnas de lo que queda del verano; le recuerdan a la clínica anterior —no la actual— en la que ha estado su madre, tanta luz y rayos de sol, tanta bondad natural mezclada con la mentira cuando es fácil decir que mejorará, tres semanas, cuatro semanas, resulta muy lógico sanar, también no hacerlo, en realidad, y que llegue la recaída, conversaciones en susurros y llevar al niño con sus tíos porque está más grave, su padre quiere quedarse al lado de ella, quizá cuidarla. Quizá, como para devolverle una salud que le había chupado constantemente desde el día en que se comprometieron, desde que comenzaron a vivir juntos, más fuerte, desde que decidieron tener hijos y ella se volvió tan vulnerable, más y más fuerte. Las puertas no tapan el miedo ni apagan los gritos; ni siquiera esta, de madera color chocolate con una cerradura tan fácil de abrir, o esa otra, blanca, de la cocina, que no tiene ni pestillo, se entera uno de todo, incluso de las tormentas mudas, por sus rendijas escapan sinceridades que se debieran mantener ocultas.

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Alguien, algo, allá fuera

—Javier, deja el cerrojo y ven a la mesa, que vamos a cenar.

—Antes lávate las manos.

—Me da mucha lástima verlo así. Claro, acaba de llegar y extraña el lugar, seguro que con el tiempo nos irá conociendo y estará más suelto, y espero también que se olvide un poco del problema, que no lo tenga tan presente.

—Haremos lo que podamos, aunque yo no sé de niños, solo que no les tengo mucha paciencia.

—Acércale la silla.

—Pobrecito, qué cara más triste. Es normal, con lo que ha pasado.

—Y no hemos pensado en los juguetes, aunque dijo Maribel que para eso se arreglaba solo, un palo o una brocha larga le sirven para imaginar batallas y lanzas, y espadas, y luchas, así es como se entretiene.

(En mi cuarto, tanta sangre y tanta herida, hasta el momento de la victoria).

—¿Te gusta? Sírvele un poquito más de ensalada.

—Probablemente los niños sean fantasía pura. Dicen que hasta los siete años pertenecen más al mundo del que vienen que a este al que llegan, continúan tremendamente conectados con aquello, lo anterior. Debo revisar dónde lo leí.

(Se ha quedado literalmente congelado, como si hubiese sido descubierto en el escondite más increíble del mundo, como si el ejercicio que practica de leer mentes se le hubiese vuelto en contra y alguien hubiese leído en alto la suya y hubiese escrito un libro y lo hubiese escondido en aquella estantería llena de lomos rojos y grises, violetas, marrones y verdes, amarillos y dorados, precisamente para que su tío pudiese aprender estas verdades imposibles de creer hasta para quien las está viviendo. Tía obvia su gesto y el hecho evidente de que se está orinando en la alfombra, la vista clavada en la biblioteca. Ella continúa con su rutina de anfitriona).

—Sírvele más ensalada.

(A través de pasillos llenos de cuadros, porque tío Jaime pinta, y de repisas con cerámica que hace su esposa, lo llevan a su habitación creyendo estarse deshaciendo de una carga, hasta mañana. Durante varias horas no se arrepentirán de haberlo recogido. Sillones muy grandes en salas muy grandes, techos excesivamente altos, demasiado espacio, excesivo aire allí dentro, que pesa sobre uno y lo aplana, ¿cómo se puede vivir así? La cabeza se le va, no le caben los pensamientos, que flotan todos juntos en el remolino de una gigantesca esfera de vacío, no hay manera de ponerlos en línea y escuchar sus palabras solo una vez y después perderlas mientras se avanza con el siguiente, no, aquí todo es cíclico, eterno y repetitivo, y no existe el sueño, aunque lleva un rato acostado, cerrar los ojos no le ha servido para mucho, continúa viendo la lámpara tan arriba, y, mucho después, el techo. El dormitorio tan amplio que el miedo podría volar sobre él y no encontrarlo, podría perderse y entonces nadie lo arroparía como él lo hace cada noche, nadie le encontraría los huesos para calárselos y hacerle sentir cada mínima actividad que se produce en su cuerpo, célula por célula, atento a lo interno como a lo externo, tratando de evadir la cuchillada, conservando las energías que huyen, o estancándose en piedra invulnerable, derrota física pero recurso muy práctico, los picores, el corazón preparado para estallar si no estuviera ya petrificado, bastaría una voz a su lado, unos labios que pronunciasen su nombre o alguien completo que se levantara, ya en pie, dijese «hola» para que él se dejara morir de terror puro sin darles tiempo a que lo atacaran, se reventaría por dentro, sabía cómo: había practicado.

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Y espera, atento a cada crujido —que aquí no significan otra cosa que madera expandiéndose o pasos suaves de alguien que regresa a la cama con un vaso de agua entre las manos— hasta que la prudencia cede y le permite levantarse, porque sabe que ellos no se darán cuenta, ya no. El tacto de la punta de los dedos lo guía a través del verde, el crema, llega al azul: al fondo está la puerta. Hay cosas de las que no se puede huir, ni siquiera a través del suicidio, porque son parte de ti; cuánto más inteligente es aceptarlas).

En el recorrido hacia la libertad de la opresión ha repasado metódicamente aquellos objetos que pudieran causar daño y de los que esta tarde ha tomado buena nota: esquinas, escalones, puntas, esquirlas, cuchillos, otros cubiertos afilados o punzantes, fogones, bombona de gas, cerillas, vidrio que pudiera quebrarse y esconderse en los rincones para salir al paso de los pies desnudos y dejarse caminar profundamente como buscando un chorro o un charco o un arroyo, agujas que buscarán ser extraviadas sobre un asiento, almohadas que asfixian, tijeras, enchufes desprotegidos, cables, líquidos de limpieza y desinfectantes, fármacos del botiquín, disolventes. Le detallará a él, cuando llegue, cada objeto y sus posibilidades, para que los utilice, sus instrumentos, pequeños dolores, mínimos desastres, hasta la caída final. Sabe que sus tíos no le durarán mucho, si ha podido hasta con sus padres, y ellos eran dioses. La oscuridad es un proceso. Madre está internada porque ya no soportaba más, la enfermedad la rompió por dentro como resultado de tantos disgustos, tensión, vejaciones, errores, vacíos, carencias, embustes, mano áspera y faltas, lesiones, cortes, tortura, tormento, irracionalidad, sinsentidos y equivocaciones machacadas, repetidas hasta formar un bulto, una dolencia casi pecado cerca del pecho, mal y veneno, oscura intoxicación del humor hasta la pérdida de la difícil razón, del equilibrio, hasta desencajar los huesos de la mente, si tuviera, hasta precipitarla sin prisa pero conscientemente por el umbrío abismo de la desesperanza y la hiel, punzadas de horror, su propio nombre suena a blasfemia y quema en la garganta, abrasa como una plaga de llamas y mentiras muy bien dirigidas y a la postre descubiertas sin que siquiera traten de negárselas, con la brutalidad de una angustia seca que es horror, terror de ese que no se alivia con un grito, que es más vergüenza que locura y desampara más, que la encamina al inframundo tomada de la mano de su propia frustración por haber malgastado la vida y haber prestado su vientre a un experimento depravado, ruin, miserable diablo menor que trajo al mundo, abominación a la que dio de mamar, siendo hija de quien era, yerro con brazos suplicantes, criatura quejumbrosa e inservible, meses de padecimiento para verle la cara a aquella carne vana, rea de hoguera, qué triste indisposición el embarazo, qué perversidad a la que están condenadas las hembras de la especie como es el parir bestias, qué distorsión del destino. Fue un trabajo lento y constante, un esfuerzo diario por estropear las cosas, por pudrir la fruta y la verdura, llenar de moho las telas y envejecer las páginas de sus diarios.

Se le contrajeron las cejas con una convulsión repentina, quebraron su arco y, de pronto, parecían las alas de algún pájaro infame que le volara sobre el rostro, de gesto durísimo, cercano al llanto o a la venganza, con un suspiro se sobrepuso y continuó caminando sin ruido. Lo iba a dejar entrar. A medida que se acercaba a la cerradura más lo sentía allí esperando, y se encontraba más maldito, más en calma. Más lo presiento, sentado en el peldaño de acceso y obediente como un perrito.

Al decir esa palabra me ha venido la imagen de uno, se han desatado algunos recuerdos de los que sé que falta buena parte, que son solamente la tapadera de un cajón al que le falta el tirador, y que por tanto no puedo abrir. «Perrito» es cursi y me trae una visión muy lejana que no ubico bien, de repente me sabe a «princesa», algo que escucho como al otro lado del agua, mi cabeza sumergida quizá en el río, quizá en el lavamanos. Avanzo el último metro, toco el cerrojo, que está ardiendo, no es metal muerto.

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Y en ese calor de traición cometiéndose recordé, o escuché, o escuché haber recordado que para todo padre su hija, su niña, es una princesa, como en los castillos medievales, y el dragón representa a las fuerzas oscuras que la acechan. Se trata de un arquetipo, algo que habita en la mente más que en los cuentos. Por eso las llaman «princesita» con cariño, porque las ven tan atacadas y tan dulces y altas e inalcanzables. Algo hay de deseo en esa visión, ellas tan chiquitas repiten en su rostro el de alguna antigua novia (quizá su madre, de joven, algo ya irrecuperable), quizás el de ellos mismos y por eso les gustan, se gustan, uno a sí mismo, se encuentra compatible donde no hay posibilidad. Y les fascina asistir al fenómeno de la feminidad naciendo, ese misterio, ser dueño de él, de esa fuerza que en su momento (cuando eran jóvenes machos) los mantuvo cautivos porque no lo entendían y los superaba. Quizá yo tuve un cachorro que se ahogara, o me quisieron ahogar a mí por no ser una princesa, o sí lo fui y nadie lo sabe, y hasta yo me lo niego.

Abro la puerta, con fuerza, es la hora del destino.

Le precede una bocanada de aire tan caliente que resulta irrespirable, y luego va llegando, torpe, lentamente. Ya desde lejos me huele: me reconoce, y yo a él, el conjunto de todos mis miedos y de todas mis quejas, concebido desde la lucidez poderosa de una desesperación tan potente que no deja salida, no permite opciones. Un chillido intenso, una horrible mancha, eso parece. Resulta mucho peor aún pensar en lo que eso es. No hay palabras cortas ni simples para definirlo, no se encuentran ni en el diccionario ni en la escuela, ni en la mente de la gente que me rodea, como no sea de cuando en cuando en los vértigos de mi madre, ahora que se sabe finita. Silba como una serpiente, es el monstruo.

El que vivía en casa, con nosotros tres.

El que alteró mi vida.

En parte, trasunto de los problemas matrimoniales de mis padres y de algunos hechos horribles que prefiero callar.

El que me mantiene en vela y rezando toda la noche, pero sin el cual me encuentro perdido, cuya compañía necesito para creerme completo y descansar, aunque no duerma. Me siento desnudo sin mi miedo.

A su lado se apodera de ti por fin la congoja, y una presión en la frente que te impide pensar. Parece una bola de electricidad, al principio, con partículas flotantes que pudieran ser chispas, móvil en su interior, ambiguo, como si una intoxicación llegara a su final o algún padecimiento seco se hubiera condensado; al momento siguiente, unos metros más allá, se podría decir que se asemeja a un oso: grande, feroz y peludo, lleno de boca y de zarpas, que va devorando la luz y descoloriendo el entorno para que yo me sienta de nuevo acurrucado por los míos, la cabeza sobre la almohada eterna del convaleciente.

Entra demasiado aire, los huesos de la cabeza se expanden con cada bocanada y dejan extraviada la lucidez, náufraga en medio del océano mental, del espacio vacío, de un limbo sin almas. Demasiado aire, tendré que cerrar la puerta cuando termines de pasar.

Al tocar de nuevo el cerrojo, esta vez para cerrarlo y que nadie pudiese escapar de aquella convivencia, mientras los cuadros se oscurecían alrededor, y las paredes se oscurecían, y las bombillas se iban fundiendo, y los cables sordamente reventaban, y el gas temblaba prisionero, y el metal se preparaba, y el veneno saltaba de gozo, y la claridad para siempre se extinguía, un cajoncito de la memoria le pareció entreabierto, tiró de él y asistió al nacimiento del monstruo, recordó lo negro la negrura esparciéndose por la cama de tía Rosario mientras sacaba del arcón la ropa del luto, entonces fue tomando forma, no es que no existiera aún, solo que no había salido, no había catado el espacio libre y todavía no disponía de ninguna percepción para los ojos, no había cobrado vida autónoma fuera del pecho. Hasta entonces solo era prendas esparciéndose sobre la cama, oliendo por igual a naftalina y muerte.

Yo no le hablo jamás, porque se come mis palabras.

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