Dom. May 16th, 2021
Bares oscuros

Bares oscuros, auténticos antros

—Escuche bien, señor de Bares oscuros, hasta cierto punto no le han informado mal, porque los hechos por los que pregunta ocurrieron en este mismo pub, es cierto, pero no tienen mucho que ver con lo que le han contado. Lo que sucede es que la gente pierde pronto la memoria de lo que ya no les afecta, y es dada a fantasear y a buscar en la lógica soluciones a los temas que no llegan a comprender, como si todo pudiera ser razonado cartesianamente.

Usted sabe tan bien como yo —porque, si no, no estaría aquí— que esto rara vez es así, demasiadas relaciones misteriosas nos rodean.

Bares oscuros, auténticos antros

No había muchos clientes todavía, y el camarero pasó la bayeta por la barra, quizá para demostrar quién mandaba en el local, y regresó conmigo. —Yo lo eliminé, que no le vengan con otra historia, yo acabé con el maldito en ese mismo lugar que usted ocupa ahora, o quizás un poquito más a la derecha. Querrá saber cómo, pero antes debo ponerle en antecedentes. Verá, él había venido mucho, cuando aún era humano. Aquí abrimos tarde y cerramos de amanecida, como usted sabe; la gente del fin de semana no cuenta, solo les mueve la diversión, pero los asiduos del diario, como él fue durante años, vienen buscando algún tipo de escape, hasta que el propio escape se convierte en su atadura. No desean estar en casa porque no les espera ninguna vida allí, y se acostumbran a estos refugios confortables hasta que el mal de la botella los hace adictos y acaban por necesitarlos. Además, quienes tenemos el ritmo del búho buscamos en la noche mucho más que oscuridad, también su perversión. Qué fácil debió de resultarle la transformación, ya estaba tan predispuesto al vampirismo que ni siquiera lucharía contra ella, un mal mordisco y de repente odiaba el sol, dependía de una bebida, se sentía eterno y desgraciado, era un solitario al que solo le quedaba pasado, ni una brizna de futuro: igual que el resto de mi público. Pero empezó a matar, y le tomó el gusto o se le soltó la rabia, tan activo que se convirtió en una plaga, para quitarse el mal sabor de la desolación que dejaba a su paso descubrió que solo le quedaban estas cuatro paredes, la música de siempre, un trago para el recuerdo, poco después, la sed alcohólica que lo impulsaba y lo hacía brillante, ante sí mismo. Acabé con él, a eso vamos.

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Explicar cómo resulta más sencillo que asegurar por qué. Le serví una copa tras otra hasta que se entonó. Luego le di la fatal, la definitiva, pero no le dejé probarla sino hasta al cabo de un tiempo, lo entretuve con charla y una canción, mientras se derretían mis hielos artesanales hechos con agua bendita, al primer sorbo estalló en llamas, se deflagró, en tres segundos apenas memoria y cenizas. Hubo un par de testigos, pero ni siquiera saben lo que vieron. —Se acercó un poco más a mí, como para hacerme la confidencia final—. Fue por piedad, en el fondo. Y por acabar con aquella peste que nos estaba llenando el cementerio. ¿Le sirvo otra?

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