Dom. May 16th, 2021
Capitulo 1

Capitulo 1

Y asi Empezo el Capitulo 1

Girado, el hombrecillo rechoncho de ventas, miraba alternativamente a su jefe y al machete que descansaba en la pared, enmarcado en una elegantísima y delicada vitrina aérea. Pensó, no sin cierta incomodidad, que ese machete, instrumento con el que había levantado la empresa donde trabajaba, era más querido y apreciado que todos los empleados juntos. No le gustaba darle noticias a Juan, ni siquiera las buenas; incluso, le costaba tutearlo la mayoría de las veces, aun cuando él era diez años mayor y lo conocía de toda la vida; de una época en la que él era un niño de papi y mami y Juan era el hijo del jardinero de la escuela al que le habían otorgado la displicencia de estudiar en uno de los colegios más prestigiosos del estado Anzoátegui.

― ¡No joda, Juan! ―Intentó no tartamudear, a pesar de que estaba que se cagaba del susto, era imposible no sentirse intimidado por aquellos ojos marrones impasibles―. No te digo, que si no estás enchufado con uno de estos chivos del gobierno no te sueltan nada.

Intentó acomodar su sobredimensionada humanidad en la silla donde estaba, sentía que se deslizaba por el asiento ―supuestamente de diseño ergonómico― y se veía incluso más ridículo de lo que podía imaginar.

―Ya me estoy cansando de esto, Tulio. ―Su voz era gruesa y templada, hacia juego con sus facciones firmes e inexpresivas. Era muy difícil inferir si estaba molesto, alegre, tranquilo o furioso, Juan Antonio González Gonzales no dejaba traslucir, ni un ápice, sus emociones.

―No es para menos, Juan. Somos la mejor empresa de urbanismo en esta ciudad, nadie nos supera, pero ya ves… nos jodió la partida el amigo, de un pana, de un secretario del alcalde que se lo recomendó al gobernador.

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―Esas son excusas. ―Inhaló aire silenciosamente, su pecho se ensanchó proporcionalmente al encogimiento de Tulio, que por un instante temió que Juan montara en cólera, aunque esto jamás hubiese sucedido en los años que tenía trabajando allí―. Excusas tontas y vergonzantes, que no deberías atreverte a esgrimir. Si hay que hacerse amigos de la querida del secretario del alcalde para que ganemos una licitación con la gobernación, lo hacemos, y punto. Es más, si tienes que volverte el querido de la querida, lo haces y ya.

Juan se levantó de su asiento, caminó lentamente hasta la ventana, y dándole la espalda a Tulio, observó atentamente los techos de vidrios de sus invernaderos, que destellaban con los rayos del sol. Suspiró silenciosamente, estaba luchando una batalla desigual, él carecía de contactos adecuados y su personal de venta era poco menos que inútil. Cómo era posible que tras quince años de continuos esfuerzos él no hubiese visto concretarse su sueño, ser el principal proveedor de urbanismos naturales en el país.

Había invertido dinero, tiempo, esfuerzo y todo su carácter en aquella empresa, «Coño, levanté esta verga yo solo, sin ayuda de nadie», un sueño que había surgido de ver a su padre trabajando con amorosa dedicación a las plantas que eran la envidia de todas las viejas encopetadas que vivían pidiéndole los brotecitos de rosas blancas que delimitaban todo el camino de entrada hacia la oficina administrativa del colegio. “Señor Juan, cuando pueda me pega una bella las once… Señor Juan, qué hermosas violetas tiene en la cancha ¿Me pega una para llevármela a la casa?” y su papá, como buen hombre y jardinero humilde, les obsequiaba sin miramientos el producto de su esfuerzo y consagración a un trabajo que hacía más por vocación que por salario.

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―Tulio, eres un inútil. Estás despedido.

Girado casi se desinfló  en el asiento, incluso creyó oír cómo se escapaba el aire de sus pulmones con ese pitido característico cuando se pincha un globo, sentía un alivio extraordinario, se liberaba del yugo invisible y asfixiante de su jefe, no podía creer su buena suerte. Se irguió en el asiento con calma, se aclaró la garganta porque estaba que se echaba a llorar de la felicidad.

―Comprendo ―logró articular con tranquilidad―. Recogeré mis cosas y me iré. Gracias Juan por todos los años aquí, fuiste un buen jefe. ―Se levantó del asiento y se dispuso a salir, Juan continuaba admirando el paisaje por la ventana. No le tendió la mano en despedida, no hubo palabras de aliento ni lamentaciones, ni siquiera el intento de agradecer los años de servicio. Y no le importó, a Tulio Girado sólo le apetecía salir de aquella oficina y poder dar brincos de felicidad. Nunca, en todos esos años, comprendió de dónde emanaba esa fuerza silenciosa, fría, absorbente y casi hostil, que destilaba Juan Antonio, surgió repentinamente cuando él y su hermano, Elio Girado, cumplieron catorce años y comenzaban el tercer año de bachillerato. En aquel entonces pensó que había sido producto de todos los años de rechazo que los niñitos pudientes le habían prodigado desde la primaria, que se habían condensado en aquella pelea en la fiesta de fin de curso en la que unos compañeros de otra sección lo habían arrastrado hasta la cancha de futbol y lo habían obligado a comer tierra; pero no podía asegurarlo, porque días después tuvo que volver a la escuela a acompañar a su hermano ―que a diferencia de Juan, no era tan aplicado― a recuperar la nota de matemáticas e historia, y mientras Elio intentaba condensar lo que no había aprendido en todo el año escolar en una hoja de examen, Tulio observó que Juan Antonio iba siguiendo a su padre ―machete en mano― muy concentrado, pero sonriente, en lo que el jardinero le estaba diciendo.

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Cuando su hermano y varios compañeros de clases que estaban reparando, salieron, vieron la escena.

―Yo le puedo dar este machete ―comentó uno de ellos agarrándose la entrepierna obscenamente. Todos rieron la gracia.

―Ahora se va a volver conuquero ―soltó otro.

―Yo le puedo enterrar la yuca, si quiere…

―Ahí va Juan machete…

Después supo que desde ese entonces comenzaron a llamarlo Juan Machete. Y se ha mantenido hasta ahora, sólo que no con ese deje peyorativo. Nunca imaginó que ese chico, que cada quince días iba a su casa a ofrecer servicios de jardinería, a vender brotes de flores de estación, retoños de árboles y grama, con una sonrisa inocente en sus labios y la mirada llena de esperanza, iba a terminar convirtiéndose en uno de los hombres mejor posicionado en Barcelona, mucho menos, que, en una de esas vueltas del destino, iba a trabajar para él.

Cuando atravesó el umbral y cerró la puerta con cuidado, la secretaria de turno ―una morena de cabellos dorados con raíces negras― le preguntó cómo le había ido.

―Me voy de esta mierda, y no sabes lo tranquilo que me siento por ello.

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