Dom. May 16th, 2021
Capitulo 2

Capitulo 2

Y asi Empezo el capitulo 2

―Mira Marco, vamos a hablar claro, ya yo no aguanto más esta vaina ¿Me comprendes? ―le soltó Juan al hombre que tenía sentado frente a él en la mesa del restaurante, justo antes de meterse un trozo del filete que había cortado. Masticó con ira, apretando las mandíbulas fuertemente, pero con la parsimonia propia del que sabe que la reunión no se acabaría hasta que él lo decidiese.

―Es que tú eres marico, chico. ―le espetó con confianza ―Ya no sé qué más decirte, tienes que agachar la cabeza y aguantarte tu culeada… ¿Al alcalde le gusta que vayan a sus mítines políticos y que lo vean berrear? Pues ve, y cálate tu showcito, te encaramas a la vaina pa’ que te noten y listo. ―se llevó el vaso a la boca y bebió su contenido de un solo trago, le hizo señas al mesero para que lo rellenase, el joven se acercó con una botella de Johnnie Walker negra.

― ¡Tú crees que no me he calado esas güevonadas! ―respondió entre dientes, Marco se encogió de hombros.

―Pues te tendrás que echar unos ramasos, no hay de otra compadre.

―Hoy no estoy para tus pendejadas, chico.

―Lo digo en serio. ―Dejó los cubiertos en el plato y lo miró con seriedad―. Yo sé que tu no crees en esas vainas, pero si ya fuiste a todas las concentraciones, marchas, les distes obsequios, los apoyaste en campañas y toda esa mierda que tienes que hacer para que el Gobierno te pare bolas, entonces significa que tienes mala suerte. Ve con una bruja o algo; uno ve cosas Juan, y lo sabes, quizás todo este peo que tienes con eso es que hay uno que tiene mejores “contactos”.

Juan lo miró con incredulidad, Marco era el único amigo que conservaba de la escuela, era el hijo de un concejal que no pudo convertirse en alcalde; él se empeñó en cultivar la relación esperando un momento como aquel, pero por cuestiones de historia, ninguno de los padres de sus antiguos compañeros, a los que en más de una ocasión les había limpiado los jardines, se mantuvieron en puestos de poder después de la llegada de la revolución de turno. Su amigo le contaba, cada vez que podía, cómo muchos de los políticos eran fieles devotos de algún santo, tenían su bruja personal, ―Aunque ellos suelen llamarlos gurús― decía después del cuarto vaso de whisky, que siempre brindaba Juan; cada cierto tiempo iban a algún retiro espiritual o “profesional”.

―Mata tu gallo o tu gallina, fúmate el tabaco, haz lo que tengas que hacer, pero hazlo, porque si ya intentaste el método convencional y no funcionó. ―Se encogió de hombros.

Juan había ganado la licitación del mantenimiento de los espacios del nuevo estadio de béisbol, se encargaba de mantener la grama del campo y los alrededores; gracias a eso había recibido elogios de parte de famosos jugadores de la pelota venezolana, al igual que de la prensa que había alabado la belleza del lugar. Pensó que con ello se había metido al bolsillo al alcalde ―antiguo y afamado ex grande liga― pero aparentemente solo pudo llegar hasta allí. Los siguientes concursos para trabajos de gran envergadura fueron ganados por gente de otro estado, o cooperativas que le compraban a él sus productos.

―Despedí a Tulio Girado.

― ¡Ya era hora! Pensé que nunca ibas a hacerlo, ese gordo estaba a punto de hacerte perder plata.

Después del almuerzo Juan regresó a su empresa, se detuvo unos minutos frente a su edificio y suspiró, algo le estaba saliendo mal, no era posible que no pudiese convertir al alcalde o al gobernador en sus clientes. La fachada de su edificio era la mejor presentación de sus servicios, una alfombra verde se extendía a ambos lados de la entrada, un tono esmeralda vibrante que invitaba a sacarse los zapatos y hacer un picnic al estilo de Mujer Bonita. Mientras que los chaguaramos de su estacionamiento estaban frondosos y bien cuidados, los de la entrada a la ciudad de Barcelona estaban resecos, de solo verlos se podía sentir el calor filtrándose por debajo de la piel. Sus flores, organizadas en bloques de colores que representaban a la bandera del país, se mantenían siempre vivas y hermosas; todos los días pasaba alguien y se detenía allí para tomarse una foto, «Es que… hasta se ha vuelto un hito turístico en esta ciudad» se dijo así mismo; y no estaba lejos de la realidad, siempre que hacían alguna propaganda para el municipio o el estado, salía su bandera de flores, compuesta de cayenas, violetas azules, girasoles y hermosos lirios blancos que hacían las veces de las ocho estrellas

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Enrumbó su carro hasta el estacionamiento techado y subió a su oficina, durante todo el trayecto lo envolvió un aroma floral embriagador.

―Vinimos desde Barquisimeto para ver sus productos ―dijo una mujer entrada en años a la vendedora―. Mi vecina contrató sus servicios para las flores del matrimonio de su hija, gladiolas y lirios, una belleza.

―Pues tenemos las mejores flores de todo el país. ―aseguró la mujer.

―Hemos visto unas rosas moradas espectaculares…

No se quedó a escuchar, subió los escalones con calma, respirando profundo a cada paso. Su secretaria lo esperaba con la puerta abierta, entró tras él y comenzó a enumerarle las citas de la tarde.

―Yelitza, llama a Claudio y dile que suba, necesito hablar con él. También cancela las citas de hoy, dile al señor Sánchez que mañana en la mañana nos veremos, que disculpe las molestias pero que lamentablemente hoy no puedo ver los terrenos.

―Sí, señor.

La mujer salió, Juan se miró al espejo y examinó su indumentaria. Estaba bien vestido, camisa de color gris claro, pantalón del más fino lino y zapatos de vestir. Se pasó la mano por la cabellera, la tenía un poco más larga de lo que acostumbraba, pero no se le veía mal, le daba un toque más juvenil; llevaba el bigote bien cortado, casi milimétricamente, ayudaba a darle carácter a su rostro. Se había forjado así mismo en todos los aspectos, se mantenía en excelente estado físico porque él no iba a ser un cuarentón barrigudo; estudió química en la Universidad de Oriente de Barcelona y un posgrado de botánica en la Universidad Central de Venezuela; donde su padre no vio dinero, él construía un imperio, la tierra misma era su comercio, se esforzaba por importar semillas de calidad y luego extraía las semillas de sus nuevos brotes para sembrar nuevas plantas, y así, no depender de la importación de materia prima. Producía su abono y lo vendía a los agricultores de toda Venezuela, poseía el mejor vivero de todo el territorio nacional, les proveía semillas de todos los frutos y plantas posibles, de la mejor calidad, cultivados especialmente para ello. La mayoría de las empresas privadas eran clientes suyos, hoteles, empresas de festejos, agricultores, tiendas al mayor de artículos de jardinería, en veinte años había logrado todo eso… «el hijo de un jardinero».

Tocaron la puerta, Claudio entró lanzando miradas huidizas en todas direcciones, Juan salió de su baño privado secándose las manos y le indicó con un gesto mudo que se sentara. El joven tendría cuando mucho veinticinco años, sabía que tenía espíritu, algo que podría aprovechar a su favor, Tulio había perdido el coraje, junto con el sobrepeso y su fofa apariencia había llegado también su fofo carácter.

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―Tulio Girado fue despedido esta mañana. ―Claudio estaba rígido en el asiento, miraba con serenidad a Juan, un contraste muy peculiar con las miradas huidizas que había lanzado al principio―. Quiero ascenderte a su puesto.

El hombre no dijo nada, Juan se puso de pie y lo invitó a levantarse y pararse junto a él para admirar la vitrina donde descansaba su machete.

―Esta herramienta me ayudó a construir todo lo que ves aquí ―dijo con orgullo y un evidente aire solemne―, desde los catorce años usé un machete para, literalmente, abrirme camino en la vida. Yo necesito un hombre así, Claudio; afilado, cortante, dispuesto a llevarse por el medio a quien sea con tal de abrirnos camino al éxito. Incluido el suyo propio.

―Comprendo, señor.

―Lo que representa esto, es lo que necesito en mis empleados, es por eso que inclusive es parte de nuestro emblema en la empresa. ―Puso un dedo sobre el pectoral izquierdo y señaló el estilizado bordado en el que se percibían las claras líneas de un machete cruzado por unas tijeras de jardinería―. ¿Eres tú ese empleado?

―Sí, señor.

―Sé que eres ambicioso Claudio, yo conozco tus comienzos, desde que llegaste como cargador de costales de abono en los viveros. Me recuerdas un poco a mí, por eso quiero que pases de representante de ventas local a Vendedor Senior. Necesito que esa determinación que tuviste hace cinco años cuando llegaste, se traduzca en muchos contratos con el Estado ¿Me entiendes?

―Sí, señor.

―Bien. Ya Tulio debió desocupar su oficina, puedes tomar posesión de ella desde ya. Mañana comienza tu nuevo trabajo. Encárgate de contratar a alguien para tu puesto, entiéndete con Julia de recursos humanos.

 Claudio se dio media vuelta y salió, justo antes de irse le dio las gracias por su confianza. Juan asintió en silencio y se sentó frente a su computadora, tenía que revisar unas cuentas antes de hacer lo que pensaba. Necesitaba desconectarse de todo y buscar una solución a sus problemas, deseaba hacer una cuantiosa inversión en terrenos en Monagas y Bolívar para la ampliación del negocio, pero previamente necesitaba concretar negocios con la alcaldía y gobernación, tenía que crear lazos con personas que evitaran los obstáculos en el camino hacia su meta.

―Primero el estado, luego los ministerios ―susurró entre dientes. Cinco minutos después, Yelitza entraba tras un discreto toque, llevaba en las manos una carpeta y en el rostro una expresión de miedo contenido. Le tendió una hoja y dio un paso hacia atrás, involuntariamente, cuando la tomó.

La carta provenía del Instituto del Deporte del Estado Anzoátegui, le comunicaban la cesación de sus servicios de mantenimiento del estadio de béisbol y el rechazo de su nuevo contrato de adecuación de la cancha y espacios deportivos del polideportivo. Juan apretó las mandíbulas con fuerza, levantó los ojos de la carta por unos segundos y volvió a posarlos en ella sin notar los nudillos blancos de la mujer y su expresión espantada.

Sacó su celular y marcó un número, Yelitza comprendió que era mejor retirarse de allí, cuando el jefe no le pedía que llamara ella misma a los clientes era señal de que quería hablar solo. Salió en silencio, cuidando de que sus tacones no resonaran en el porcelanato. Suspiró de alivio cuando se sentó de nuevo en su escritorio; escribió un mensaje en el grupo de Whatsapp de la empresa, la red de noticias que todos los empleados mantenían con la finalidad de cuidarse las espaldas entre ellos, pero sobre todo, para chismear.

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«Juan Machete está molesto, cliente grande prescindió de nuestros servicios»

Juan esperó pacientemente a que cayera la contestadora la primera vez; colgó la llamada y marcó de nuevo, «No te hagas el pendejo conmigo y contesta el maldito teléfono», escuchó el clic y el ruido de ambiente del otro lado de la línea.

―Juan, me estoy enterando ahorita. ―No hubo saludos, Aurelio Fuentes sabía por qué lo estaba llamando.

―Explícame, ¿Qué pasó?

―¿Qué más, Juan? Lo que siempre pasa en este país. La presidenta del IDEA decidió que no iba a renovar contrato con ustedes, porque tenemos la orden de dárselo a las cooperativas y esas vainas.

―Ya tengo lista toda la puta grama para su nueva cancha, metros y metros de un producto especial para alto tránsito ¿Qué hago, me la meto por el culo? ―Estaba furioso, aunque su tono de voz era controlado, había perdido los estribos por completo, no solía usar groserías con ninguno de sus clientes, la moderación siempre había sido su firma―. ¿Sabes cuánto cuesta esa grama? Te advierto Aurelio, tú me aseguraste que ese contrato estaba aprobado, que sacara los cortes de grama para el estadio. ¡Además! No me jodas con eso de las cooperativas, porque ese contrato lo ganamos por una cooperativa.

―Cálmate, yo resuelvo esto. Te llamo en una hora.

Dejó escapar el aire lentamente después de colgar la llamada, se masajeó las sienes por unos minutos y decidió ir a los viveros; siempre que se sentía estresado usaba el trabajo manual para drenar la ira o la frustración. Cuando terminaba de trasplantar una docena de rosas, o cuando sacaba los brotes del semillero y los trasladaban a sus envases individuales, lograba encontrar sosiego y soluciones. Entró al baño y se cambió, unos jeans y una franela gris, las botas de trabajo y se amarró alrededor de la cintura el cinturón de trabajo donde guardaba sus herramientas, y enfundó un machete, más corto y liviano que el de la vitrina, mientras salía de la oficina.

Todos sabían que cuando Juan Machete salía de la oficina con su uniforme de trabajo era mejor no entrometerse en su camino. Su rostro tal vez no trasmitía ninguna emoción, era la inexpresividad personificada, pero toda su presencia destilaba un aura densa que le indicaba a todo el que se acercase su estado de ánimo. Muchos aseguraban que era por el color de sus ojos, aunque en realidad eran de un marrón común y corriente, solían oscurecerse o aclararse de acuerdo a su humor.

Exactamente una hora después sonó su celular, dejó las tijeras con las que estaba trabajando y contestó la llamada.

―No hay nada que hacer Juan. ―Había cierto temor en aquella voz―. La cooperativa que ahora se va encargar del mantenimiento y adecuaciones del Polideportivo es del cuñado de la presidenta. Lo único que conseguí fue que accedieran a comprarte la grama, pasa la factura a nombre del IDEA.

Juan colgó el teléfono y lo dejó sobre la mesa de trabajo. Contó hasta cinco, luego hasta diez, de nuevo hasta veinte y soltó el aire lentamente. Miró el machete que descansaba sobre la mesa, a su lado, sin pensarlo mucho, descargó un mandoblazo sobre el aparato y lo partió a la mitad.

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