Dom. May 16th, 2021

Ciprés hambriento

Ciprés De izquierda a derecha, el campo árido, camposanto de arena reseca cubierta de calvas y huecos, piedras hasta la tapia blanca (detrás de la cual, a veces, se cobijan algunos, que todos sabemos quiénes son, para «ustedes ya me entienden»). Al cementerio le corresponden veinte árboles podridos y un ciprés que seguía su mismo camino hasta que decidió mirar por él, yo soy la llama del mechero, la flecha al corazón de Dios, la lengua verde que lame las nubes y que cosquillea al cielo para que mis almas preferidas lloren de gozo la lluvia, y que ahora no nos responden porque el terreno está agostado, quieto, nulo en substancias nutricias, que nos deja apagarnos también, cementerio sub y sobre tierra. Soy antena cósmica, y magnifico no solo las oraciones, sino también los males de la carne desalojada a la que cuido, porque aquí les rondan, hasta mucho después, las energías negativas que les han quedado pegadas al cuerpo como un residuo psíquico, y en ocasiones piensan por mí, que muchos buscan hacerse más daño del que ya se han hecho, y siempre me proporcionan ideas. La mata se hizo selva bajo sus pies, alargó las raíces y las extendió en cuanto campo consagrado le quedaba libre. Para ello se tomó un tiempo, porque la biología no admite carreras, ni siquiera prisas, así la poca nutrición automotriz que allí quedara salió por piernas, muy prevenida, comprobado cómo se abalanzaba el enemigo. El estómago de savia mamó la materia inerte hasta dejar barrida la despensa, y luego se contrajo con retortijones de clorofila ponzoñosa e insultó al tronco por lo extremado del esfuerzo para crecer y lo exiguo de la cosecha, y a este le empezaron a correr las ocurrencias extravagantes, aprendió de las enseñanzas de Darwin y se adaptó al medio, chupó las tumbas para sobrevivir, en dos meses absorbió lo que el suelo retenía de dos milenios escondidos como un tesoro, acumulados en porciones humanas, pero que resultó escaso botín, quizá porque el terruño es muy padrazo y alberga sin límite —hay muchos convidados a esta mesa— y transforma en ceniza y viento hasta los metales, en especial dientes de oro, joyas y relojes caros. Si no me creen, busquen lo que haya quedado de patrimonio en las pirámides. Así, expolió las tumbas de su reino, las profanó hasta dejarlas ensalivadas como el palito de un caramelo, como una chirla para tres raciones de paella, como los labios de una hembra dadivosa y casquivana.

En un pueblo tan pequeño escasean las defunciones, máxime si se procrea poco —el alcalde pedáneo es de derechas, impone una moral rígida— y apenas se emplea el auto los fines de semana, los velatorios se distancian más que la realidad objetiva de lo que cada uno opina sobre sí mismo, y el ciprés volvió al principio de sus cuitas tras haber medrado tanto por debajo, el hambre multiplicada, secos y caídos sus compañeros —por cierto, tampoco los echa en falta, que nunca tuvieron buena conversación—, vaga ya cualquier perspectiva de mejora, que ni un solo gramo de comida habría de venir a socorrerlo. Al menos, no por los cauces habituales. Ay, se había mentalizado para el fin, para el final de todos los finales, porque las plantas no tienen alma y así sus herederos se lo ahorran en misas, ni viajan a los cielos de los católicos ni son rescatadas para jugar a la ouija.

Ciprés hambriento

Murió Mauricio Herrero, sin sorpresas. Había dado guerra suficiente en este mundo y amenazaba seriamente con cumplir el siglo cuando el virus del catarro —o una tortilla francesa que le endosó la nuera; no hubo testigos de su cocina— les solucionó la existencia a sus familiares, quienes, aunque no especialmente virtuosos, bien se merecían esa compra, esas vacaciones y ensanchar el pajar. Mauricio Herrero fue devuelto a quien lo trajo, reintegrado a los orígenes. Y hubiera cumplido la cadena natural que cuenta con gusanos y bacterias de no haber estado allí el bueno del ciprés pavoneándose, afilando sus colmillos de madera, que casi se babea de gula cuando la procesión le presentó el bocado, ansioso hasta desesperar, que una punta de una yema se le escapó y perforó la base de cemento mientras aún lo metían, se escurrió por una grieta y le entró como una aguja al ataúd mientras terminaba la ceremonia, de forma que alguna lágrima, seguramente, le haya regado el almuerzo. Golosina pura se le hizo aquella carne donde había tanto por corromper, por pasar a estado líquido, asimilable, suero de Mauricio fresco. Se contuvo, se guardó las ganas en esas hojas que apuntan al infinito y que provienen de lo más hondo, de donde no queda ni futuro, no sueños sino un único sueño, silencio que se restablece al terminar las plegarias y recoger, y posar las cuatro flores que una mano sujetaba aún, que hasta le da vergüenza actuar en un escenario tan iluminado. Hay cosas que únicamente deben hacerse de noche, como tirar una tanda de fuegos artificiales o culminar una aventura amorosa ilícita con una pareja casada y no muy bella.

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—Mis tardes frías sin ti.

(El padre, arrodillado ante la lápida de su hija.

Su esposa se le apoya en el hombro, se le junta mucho para que sus palabras cobren mayor calor y le traigan más consuelo, o menos pena).

—No la llores. Sé que hay otra vida, y ella te estará mirando desde arriba, lo estará haciendo ahora, y no querrá que te entristezcas.

Él le responde:

—Eso espero, que el Señor la haya llevado al Paraíso. Pero lo que más me duele son mis tardes frías sin ella, yo que no tengo la posibilidad de ir al cielo después. Ya no volveré a verla, aunque también muera.

—Juntos saldremos adelante.

Un pájaro en la ventana, pregonero del tránsito, símbolo de la muerte. Grajos. Un grajo de repente en cada ventana del pueblo. Una bandada en cada alféizar, el aroma del ciprés que se desparrama por el aire. Aquí eran longevos, con una salud de roble, ahora perdida; el ciprés se abre camino como una enfermedad, una epidemia. El primero que falleció era un poco ciruelo: el ciprés, sin embargo, tiene resabios de inteligencia humana, quizá por haberla absorbido junto con el fósforo y el calcio. La siguiente fue una niña de labios como guindas. El tercero andaba muy despistado, completamente en la higuera, y su encontronazo con la realidad resonó como un quintal de cristales contra las baldosas de la cocina. Sed, escased de recursos nutricios.

El árbol maldito no se conforma con lo que recibe por el envío natural, llama a sus presas, las cita —en vocabulario taurino—, las ataca en la penumbra, durante esa fase de presueño en que se crean las imágenes poéticas y los mundos incomprensibles se tocan, cuando el silente ha ensayado suficientemente los grados profundos de meditación, también en que se desvelan las claves del Cosmos.

Julia niña teme a la forma que habita la oscuridad, el zumbido que persigue sus encuentros en el jardín trasero, puerta de atrás, eco de suela de zapatos que la sigue calle adelante, paisaje réplica de la vieja Escocia fantasmal, viejos pasillos de entrecalles, edificios derruidos, pesados en sus ruinas, ventanales rotos, pintura saltada en desconchones y el ladrillo descubierto, en qué se quedan los juegos solitarios donde se autoinvita y se incluye otra presencia, de la que no puede huir, que la sujeta internamente mientras ella siente que algo no marcha bien. Ella imagina al hombre que la mira, su falda comienza a ensangrentarse y a cada momento pesa más y está más empapada, ella quieta, muda, quiere que pase de largo la sombra a su lado, que no sea verdad que está girando el pomo de su puerta, que no le hablen las maderas alrededor de la cama. Desde sus labios ya grises, envenenados, busca el refugio de un sueño profundo. La llorarán por la mañana.

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Llegan las plañideras, recolectoras de añicos, cerrojo de los recuerdos. Ellas lo amanecen todo y te meten la angustia a cucharadas en el pecho, recogen solo las cenizas. Al cristal de las ventanas acuden rostros pasados, ellas no se lo creen porque saben dónde están de verdad, que no es muy cerca. Más allá, fuera del luto y al aire libre, una avispa vuela sin desplegar las alas, arrastrándose, por entre los desperdicios caídos de flor de enredadera, como si los nadara: al mirarla se recobra una paz primigenia, arqueológica, del hombre enfrentado al suelo y al reflejo del sol contra la tierra.

La madre, tan posesiva, tan dueña de su casa y de sus cosas, cuando se llevan a la hija enloquece, incuba un odio tremendo, revienta contra el marido, contra su hijo restante, contra familia, amigos y otros, contra cuantos conserven su progenie intacta y solo odia. Llega un momento en que su esposo abandona el abrazo de las sábanas, se levanta sobre ella y la mira con ojos de mariposa enorme. No resistieron más juntos.

La mujer (cuando es mayor, no en la adolescencia) gusta de quedarse en los lugares, se aferra a ellos, le resulta más fácil el asentamiento porque se apropia instintivamente del espacio. El varón corre provincias, escapa más veces con apenas su camisa y un bocadillo. Quizá no sea cierto esto, si a fin de cuentas ambos se precipitan con igual facilidad en la trampa que les tiende el árbol. Él, astuto, les tira el anzuelo por apellidos, primero vacía las casas cuyas tumbas le quedarán más cercanas, porque allí tiene las raíces gruesas; poco a poco abre su campo hacia la izquierda, saca a la luz un pequeño tentáculo que sirve de periscopio y lee las inscripciones; luego los llama, bum, bum, les silba un pitido grave y lento que se les clava, y aunque todos lo escuchan no afecta más que al elegido, a los otros no les mina la salud, no se los lleva, por último, únicamente los intimida. Vente a la verita mía, que aquí te doy calor y te consumo, pronto constituiremos el mismo cuerpo erguido y las mismas intenciones, ¿acaso será más fuerte la pasión del amor? Claro que no.

«Cada vez percibo con mayor intensidad el blanco, en las paredes, en el papel. Los encierros son siempre de este color. Ve o el blanco en cualquier objeto, hasta oculto bajo un negro que no quiere dejarlo aflorar. Ignoro qué significa, si es que se me avecina la muerte o que estoy depurando mis espacios interiores. Quizá lo segundo prepare lo primero, o sea su síntoma. O me estoy quedando ciego: Lo que vendría a ser lo mismo».

«Anhelo el descanso. No pienso sino en él, quedarme quieto. Sé que necesito chocar algunas manos que se han quedado atrás, apoyarme en ellas y trepar hacia no sé qué llanuras. Me lo habían prometido».

Pero un niño qué experiencia puede tener del hecho definitivo de la muerte. Qué extraños miedos le asaltarán, qué idea se hace de la ruptura. Quizá forme parte de un juego trágico que los coloca en el centro doloroso de las miradas, y en el que exudan a chorro el sentimiento romántico, aventurero y de grandes decisiones. «No te veré más».

—¿Qué es la muerte? —le pregunta al quiosquero.

—No volver a comer golosinas.

—Es que a veces no puedo evitar pensar en eso, me pongo muy triste.

(Tania, 9 años).

Pero ni siquiera en las guerras cae nadie a quien no le haya llegado su hora. Muchos se resistieron, se pusieron pesaditos, aferrándose a las últimas paletadas de aliento que les quedaban, y estirándolas, filetes retrasados, tardones, a los que cuesta mucho esfuerzo tumbar en el plato, pero que, por luchados, mejoran su sabor con el regusto de la victoria. Ni siquiera en los fusilamientos se cumple el total de las sentencias. A veces libran los que menos se piensa, o surge algún imprevisto, no te dan el tiro de gracia y el aparcero se apiada de ti, te rescata del carro en que transportan a tus compañeros.

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El problema de poner nombre a los niños estriba en que este conduce a la función, le construyes la existencia con la fuerza tremenda de la palabra, repetida a su alrededor por miles de voces durante los años que le dure la existencia, voces desde el patio del colegio hasta la oficina, la cama de matrimonio y luego el asilo. Repiten excesivamente tu nombre. La raíz los va leyendo allá donde están escritos y, si le gustan, los cubre como de una hiedra espesa que ella misma fabrica, y con su sustancia se imagina historias de lo que hubieran podido llegar a ser: Marcos se hizo carpintero y, hacia los cuarenta, con los ahorros alquiló un local, lo acondicionó y abrió una marquetería, que es oficio más descansado, también más limpio, más elegante. Marcos, marquetería. ¡Cómo vas a cometer semejante redundancia!, le riñó la mujer. Y le pusieron Elvira, como ella.

Mientras se cuenta esta fábula (sin razonar que la fantasía no es cualidad vegetal, como si se estuviera cumpliendo el dicho «de lo que se come se cría») sus víctimas intercambian experiencias, porque nunca habían estado tan unidos, que tienen costumbre de reunirse cada poco en los entierros. Alguno escapó, cambió su residencia, pero llegan nuevos, doctores que quieren investigar y a los que pronto darán sepultura, desafortunadamente en sus respectivas ciudades. Es como si te pasearan un jamón por delante de las narices y no te lo dejaran catar. Los paisanos analizan, racionalizan, sus miedos. Intentan concederle la importancia que ellos suponen que merece la constatación de que una depresión terrible los está diezmando y que seguramente contará con alguna base científica.

—Los leoneses, paralelamente a los gallegos, somos propensos a ver un fantasma detrás de cada esquina. A diferencia suya, o los negamos de puertas afuera —incluso después de habernos acostado con la hueste completa— o creamos con lo paranormal una religión minoritaria y abarrotada de ritos. En Galicia no les dan tanta importancia, porque desde la antigüedad eran muy obvios y algo cotidiano no puede sorprender.

—¿Qué intentas decirnos?

—Que alguien nos está aniquilando, y no podemos hacer nada porque ignoramos de quién se trata.

—Y tú piensas en aparecidos.

Sus voces se diluyen como se van deshojando sus figuras. Tropiezan, trastabillan y desaparecen en fila, una detrás de la otra. Por encima de aquellas lomas, en una vista de pájaro en la que los pueblos se suceden hasta el infinito, se yerguen y desafían los cipreses, a trozos posesos, a trozos llamas, a trozos lenguas verdes que comunican la piedra con el cielo, de repente viciosos consumidores de médula, dominadores únicos de un territorio cada vez más desolado.

La noticia se extendió también, que la fama es un pendón, y de la capital vino una cuadrilla de taladores con quienes no sirvieron pamplinas y que limpiaron la zona. El ciprés primero, el decano, acabó por no morir completamente, pues sus ramas aún sirvieron para una curiosa radiestesia:

se hicieron horquillas con sus despojos, la policía marchaba por los campos buscando con ellas gente desperdigada, desaparecidos, asesinatos de los que ya nadie guardaba memoria, que la madera les brincaba de gozo entre los dedos al reconocer el olor de huesos bajo tierra.

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