Dom. May 16th, 2021

Desechos empecinados

Manuel, Manuel, que saques los desechos al basurero, no te lo pienso repetir.

Y abandonar el abrazo del sofá, con la película a medias, caminas cansinamente hasta la cocina, adormilado, sacarla del cubo y atarla, llegar hasta la puerta de salida y abrirla para comprobar que está lloviendo fuera, dejar su carga en el suelo y alcanzar con ambas manos el paraguas que suele estar encima del perchero pero que allí no aparece, regresar al salón y preguntar por él, al final postergar el encargo hasta por la mañana, acostarse al poco y amanecer llenos de vitalidad y deseo, así se retrasaron y hubieron de salir hacia el trabajo a la carrera. Al acabar la jornada se reunieron con unos amigos, celebraron, unas por otras, allí quedó la bolsa durante varios días, porque siempre ocurría algo que les despistaba de su empeño. La mirada se acostumbró a su forma y dejó de preocuparles su naturaleza, no había urgencia alguna para desprenderse de ella. Su vida continuó, y con ella las rutinas, siguieron echando los desperdicios en el cubo, debajo del fregadero, vaciado regularmente según las normas no escritas que regían aquel hogar. La otra bolsa, quizá por haber quedado tan fuera de lugar, se fue salvando, y por fortuna no contenía apenas residuos orgánicos, por lo que no produjo líquidos inquietantes ni apenas olor, aunque sí lo suficiente para que un mediodía de domingo, al regreso de las compras, el marido la llevó junto a la ventana, que dejó abierta para ventilar un poco, quizá antes de, por fin, llegar a desprenderse de aquel lastre. Apenas transcurrieron dos minutos, él colocaba las sopas de sobre en el estante de sopas y las latas en el armarito de latas, y ya un ratero avezado ha cruzado el jardín, ha extendido sus manos largas y en los dedos se le queda, prendida por magnetismo, aquella bolsa. Inesperada conclusión de una historia con tintes casi sobrenaturales, como vino se fue, tan insospechado el principio como el final. Llaman a la puerta. Un policía había visto la escena y, tras una corta persecución, pudo atrapar al delincuente, que se encuentra junto a él, esposado, cuando al dueño de la casa le devuelve su pertenencia, tan preciada. Él agradece, él se deja agradecer, él no levanta la cabeza abrumado por la vergüenza, los tres continúan su camino. La bolsa queda en el pasillo, cubierta de anécdotas que se van magnificando a medida que más se comentan, les surgen deducciones extrañas, suposiciones, ideas a las que dan vueltas hasta que supuran, flota en el ambiente la sensación de inquietud, a las tres semanas se mudan, sacan los muebles y los electrodomésticos, allí dejan el regalo para los siguientes inquilinos, si los llega a haber.

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