Dom. May 16th, 2021

El hombre sierra

El hombre llego a aquel pueblo, del que descendía mi familia, desterrado por el ministerio, al que mis reformas en materia de educación, siempre muy particulares, no habían agradado lo suficiente como para permitirme un año más de instituto. Movieron mi plaza y me emparedaron con una beca de investigación entre cien vecinos y ninguna biblioteca, así que alquilé una casa y me dediqué a vegetar lo que restaba de verano, y a trasladar los papeles que había ido perdiendo en mis últimos destinos hasta la que ya me figuraba retiro y tumba, la tierra de promisión. A medida que habilitaba el desván, con las últimas luces del buen tiempo, todo mi empuje de juventud se fue almacenando en alhacenas, o derramando a través de las rendijas del suelo, tablas de madera que crujían con el sonido de aquellas otras de mi niñez en una casona vieja. Jugué con el recuerdo hasta perder la memoria inmediata y creí estar siendo mi abuelo, monté su propio despacho de abogado allí arriba, repleto de tomos insondables, tan sucios por fuera como los viera yo la primera vez, e instalé su mesa de nogal cerca de la ventana, partí la habitación como estuviera la suya, y miré por la ventana con unos ojos que quizá también le pertenecieran.

No moví el polvo para mejor recrear una atmósfera antigua, y con ella me volvieron imágenes de infancia, mi dormitorio el año que faltó mi hermano, cuando me acostumbré a velar la noche y casi acababa el otoño cuando me descubrí perdido en un mundo de memoria extraña. Fue entonces cuando comencé a frecuentar por las tardes el bar cercano y las partidas de cartas, y cuando —sin saberlo— realicé una elección que me ubicaba en el barrio del Puente y me enfrentaba con el de la Estación. Recibido por fin como miembro, abrieron sus pequeños secretos para mí, que los iba alojando dentro indiferente, desde un discernimiento embotado y ajeno, como con la razón dormida, aunque no lo estaba tanto, porque para entonces ya me había dado cuenta de que había extraviado el camino de vuelta a las aulas donde impartía literatura. Nunca podría retomar mi profesión: estaba repitiendo los gestos y gustos de alguien a quien la docencia había maltratado y la odiaba de corazón.

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En ese ánimo escuché sus cuitas mientras mi boca contestaba con la sabiduría o tedio de la vejez, en una conversación que sentía lejana y que rara vez asumía como propia. Oculté mis verdaderas reservas en lo más profundo y aquella gente olvidó que acabábamos de conocernos, incluso me entremezclaban en aventuras de hacía muchos años. No me extrañaban, como no se extraña la camilla del salón, el camino a la huerta, las paredes del molino, el vaso por el que siempre hemos bebido.

El hombre sierra

Y un día me enteré de su pequeña historia de fantasmas, ya que no hay pueblo sin aparecido ni conciencia sin temor, un simple comentario por el que no me atreví a preguntar más de firme: se supone que yo ya lo sabría, ¿o no era de allí? Y tuve que abordar al alcalde durante un paseo, subimos un par de lomas, despacio, y arriba nos paramos mirando el pueblo, pensando. Entonces le pude preguntar, sin demostrar interés, sin que pareciese tampoco una pregunta.

Era en la mina, naturalmente, en aquel pozo abandonado y condenado, su entrada sellada con apenas unas tablas que no eran sino frontera, más que real impedimento. ¿Quién querría entrar allí, después de todo? ¿Para qué buscaría el hombre monstruo que lo habitaba una salida? ¿Para qué?

Y en las palabras yo fui mi padre joven, esa persona de la que apenas me habían llegado referencias, de la que tan poco sabía y en la que, de una manera casi morbosa, había procurado no pensar, dándolo por eterno, aparecido en este mundo desde siempre y sin más cambios notables que cuantos habíamos vivido juntos. Si es que me había llegado a fijar en ellos, pues a esas edades la sociedad de los adultos, sus decisiones, su poder, se asumen como son, resultan incuestionables.

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Y en sus palabras yo fui mi padre, viví por primera vez en él, sentí, me descubrí ante aquel mundo tan impredecible para el que no disponía de soluciones hechas, ante el que debía dar la cara e improvisar (siempre creí que mi padre sabía las respuestas, no imaginé que hubiera podido tener dudas). Aunque él no me lo contó todo, pronto me di cuenta de haber escuchado otros susurros, haber asistido a la historia desde su comienzo y, en alguna medida, hasta haber participado de ella. Mago maldito, su voz me llevó a los rincones del tiempo y conocí los hechos desde el imposible recuerdo. Fui. Aún soy.

Aquí hubo un niño grande —me cuenta—, enorme, desde su nacimiento asombró por el tamaño y por su mano, y por la madre, tan legendaria como desconocida, de quien se decía que había venido de una casa permisiva allá por Asturias, muy maleada, y con su cicatriz disgustó a todos, pero por sus buenas tetas y sus caderas tenía hechizado al padre, un minero tontorrón, medio feo y sin familia, al que nadie quería, tampoco, al que nadie había prestado mayor atención hasta entonces, cuando pasó a ser la comidilla. No era verdaderamente una mano, sino un sierra, con dientes de sierra que eran colmillos de boca, que los movía en hilera mecánica amenazadora, de rugido tremendo, ¿quién podría jugar con él, arriesgando su integridad? ¿Qué profesor podría estar seguro ante su enfado? Creemos que al padre lo enterraron su esposa y un oscuro amante a la sombra de algún castaño.

De repente, conozco la historia de aquel muchacho como si fuera, al menos en parte, también la mía, pero me parece imposible asumir los sentimientos de tantas personalidades, así que rechazo la idea, interpongo barreras, quedo al margen, por fin la paz. Desde aquel montículo ya solo escuchaba la voz del anciano, y miraba su dedo señalar como si él nunca hubiese sido mi alcalde, mi primo, ni aquella la entrada de una mina en la que se enterró a sabiendas un niño grande con brazo de sierra. No había olores reconocibles, ni un pasado común, nada más cuatro jóvenes estúpidos que un día quisieron cruzar la línea para demostrarse más bragados que el resto, con más pares de huevos, y a cuyos familiares hubo que dar la falsa y triste noticia de un derrumbe. Ellos no preguntaron más, porque sabían.

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Hay cosas en la vida de los pueblos que se aceptan. Por encima del dolor está la tradición, el hogar tremendo de lo inevitable. La rebeldía no es sino un estadio de la inconsciencia, lamentable, espantosamente.

Y adoré los sabores de la cocina de este pueblo, al que estoy tan ligado, del que jamás podré escapar porque comparto su secreto, en el que algún día, pronto, me casaré, y criaré cerdos para hacer la matanza, porque eso me han enseñado, y eso me gusta, y lo deseo, y esa es mi esperanza por encima de ninguna otra, hasta que tenga un hijo y este nos abandone, quizá buscando la ciudad y yo desde la distancia intente (como han hecho conmigo) que regrese a ocupar mi lugar, pues hemos aprendido que los pecados pasan de voz en voz y nos liberan cuando le dejamos a otro la carga. El único que no se detiene y que nos hace variar es el tiempo, aunque eso no importa, porque hay instantes —por encima de la persona, muy por encima de la moral o de la ética— que cuentan por siglos, y nos sentimos eternos mientras los disfrutamos. Como este, el aire rozándome el rostro y, a través de los agujeros en las tablas que cierran la entrada a la mina, la imagen pacífica y dulce de la vega al caer la tarde, bañada en oro.

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