Dom. May 16th, 2021

En la carretera hacia Soná

En la carretera Bajo la luz rojiza del atardecer, hay niños jugando en el río, todavía y me salpican de lejos alegremente sus gritos y los últimos chapoteos por hoy. Excesiva paz por quinto provechoso día consecutivo. Porque merezco un descanso, recojo las cuartillas y abandono la terraza de esta extraña casa que alquiló mi cuñado y a la que me ha invitado mientras termino mi tesis. Pero la felicidad tiene necesidades muy cambiantes en el ser humano, me he hartado de ambiente idílico, risas y juegos ajenos en el agua, iré a dar una vuelta hasta el pueblo. Les dejaré una nota en la verja de la entrada, a él y a su señora, de tamaño exagerado para que les avise antes de que lleguen a preocuparse por la ausencia de luces, porque yo no vaya a recibirles. El apunte de una idea fugaz sobre metodología me retrasa, para cuando salgo, ya las sombras ocultan el espacio desde el puente al horizonte, completa, tremendamente. Y se han marchado las voces, me han abandonado en una carretera que me recuerda las tardes de verano en que se nos permitía bajar a la calle, con los demás chicos del barrio, regresar para el instante justo de la cena: la libertad del calor y de los días sin escuela. En momentos así me entra la morriña y deseo volver a mi patria, a mi infancia, época segura en que el entorno se comportaba como un gran útero envolvente y el desconocimiento me llenaba con el sabor de la inmortalidad, y el mundo, recién creado, aún estaba en su edad de oro, por estrenar. Termino de cruzar el puente, bajo unas nubes más negras que la misma noche, de pronto atemorizantes, con la fea posibilidad de un chaparrón y el inicio de una angustia íntima quizá previsora de la desgracia. Debería volverme ahora. Pero me dejo llevar por la calidez del aire, su intento de despertar en mí emociones olvidadas, ya estoy junto a las primeras casas. La discoteca —el bar con ese nombre— queda muy cerca. Había venido una vez, hace años y veo que aún me servirá a la perfección para satisfacer mi sed alcohólica mientras consigo un poco de conversación, hago alguna broma a mis recién conocidos y me alcanza la visión de cierto cuerpo no tanto bonito como… excitante. Pero lo prefiero a cierta distancia. Desearía que no se me acercase, aunque cambiamos miradas mientras el local casi se vacía (entre semana quizá no tenga mucha clientela) y puedo notar que olfatea el aire en busca de diversión y novedad; ahí sé que muy fácilmente entraría en sus planes. No puedo permitirme un resbalón porque en este pueblo diminuto las malas noticias seguro que corren rápido. Además, aunque estuviera soltero y sin nada que perder, seguramente no me atrevería. Ni siquiera tengo a dónde llevarla. Sin intención alguna de ceder, la situación me llama, y más después de esa media botella de ron que he guardado en las entrañas y que recorre el torrente sanguíneo infundiendo valor, mentiras y paisajes. La aventura viene hacia mí. Llega hasta la barra, como en dos ocasiones anteriores, pero de pronto se decide a hablarme. Tras escucharla un poco veo que la situación no es tan grave, se trata solo de la dueña del lugar interesada en saber qué busca allí un extranjero tan mayor, a esas horas. Poco falta para que me mande a acostarme, solo, que ya es muy tarde. En fin, nos reímos, alcanzo mi grado de destrucción justo para no ir ni muy sobrio ni muy enfermo, me despido y emprendo el camino. Se me ocurren tantas ideas que, de repente, me encuentro hablando conmigo mismo, contestando mis propias preguntas, y mirando al suelo. Proveniente de abajo, entre la espesura, a mi derecha, escucho el llanto de un niño. Pese a la luna intensa, apenas se ve, no me lo he pensado dos veces y ya estoy resbalando en la hierba, y son el tercer golpe fuerte contra un tronco y un corte profundo a lo largo del antebrazo, que me abre la camisa, los que me hacen reaccionar. Solo gracias a un milagro podría localizarlo, y mientras más me interne mucho más difícil me resultará salir de ahí. Estoy arriesgando mi vida inútilmente pues, aunque llegue a su lado, hasta que amanezca no podré intentar el camino de regreso, y pasar la noche en esta selva es un suicidio. Aquí hasta las piedras se comen a sus compañeras. Vuelvo sobre mis pasos con enorme vergüenza, pero sabiendo que hago lo único posible, marcar el lugar y correr por ayuda.

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En la carretera hacia Soná

La gente del lugar sabrá cómo actuar, y ojalá lleguemos a tiempo para rescatarlo. Vuelve a llorar, pero ha cambiado de dirección, increíblemente. Se aproxima con rapidez hacia mí. Un bebé no puede hacer eso. Y recuerdo de repente las historias de viejos en que los cocodrilos imitaban el llanto para atraer a sus presas, mujeres solas, jóvenes atrevidos, extranjeros imbéciles. Echo a correr como un bendito, me corto, me caigo, me destrozo la cara con una rama, pero no bajo la velocidad, el alcohol me cuida de tantos pesares, una garganta gime a pocos metros, y sé lo que me espera si me detengo, por fin una subida, en su cima, la carretera. La alcanzo. Miro hacia lo que he dejado atrás. Y continúo mirando hacia ese lugar del cual vengo, temiendo que el monstruo se asome por allí, hasta que ya es muy tarde pues, a mi espalda —lo he percibido casi con un sexto sentido que me ha impulsado a volverme— una especie de tronco se mueve hacia mí y en fracciones de segundo debo decidir si lo salto y me dirijo a casa para descansar cuanto antes de esta pesadilla o si me lanzo hacia atrás y trato de ganar el pueblo, de nuevo, alguien me llevará después. Está tan cerca, parece tan increíblemente plano, y nada más hace falta que lo salte o que lo evite. Siempre he sido malo para las decisiones. Mis pies llegan a tocarlo, creo que le doy una patada y salgo despedido quizá por un enorme coletazo, estoy rodando y alejándome sin haberme levantado del suelo, de repente no siento las piernas y un instante después escucho internamente como si se me quebrara la espalda, pero estoy corriendo ya y no puedo parar y en un momento alcanzo el pueblo. Pueblo de plata y mercurio, anegado por un pantano metálico. Bajo la luna llena ha cambiado, parece fantasma de pocas calles. Lo recuerdo tan bien que mis deseos se hacen geografía, me basta con desear que el bar aparezca al torcer esta esquina para que allí se encuentre, igual y tan diferente, tan solitario, por la hora, que la soledad se escapa como niebla por debajo de su puerta, como si allí no hubiera entrado nadie en los últimos cien años. Pero está abierto, una mujer que es y no es la que dejé hace una hora todavía está dentro y no me reconoce o simplemente no me habla, pero me sirve ron, al fondo hay un bulto de hombre al que debe estar esperando, y eso me da tiempo para otro ron, para otro. ¿Qué puedo contar de mi aventura, y a quién, que sorprenda al interlocutor y a mí me calme? La mujer con sombra y halo de metal toma el dinero y salgo a la calle del pueblo metálico bajo la luz de plata fría proveniente de la luna. No puedo ir andando, por miedo y por culpa de las heridas. Unos taxis muertos con un taxista de cartón al volante dormitan junto a la esquina. Parecen tan irreales que me disculpo al despertarlos y preguntarle si me lleva. Hace un gesto con la cabeza como si una mano se la moviera por detrás, igual que a un muñeco. Entro en el espacio estrecho golpeándome en la cabeza y en un costado, luego en el codo y, aunque los choques contra esa estructura dura y hueca fueron violentos, motivados por mi prisa y el primer impulso del automóvil al echar a rodar sin esperar a que me acomodara, ni me dolieron apenas ni casi produjeron ruido, como si hubiera estrellado la carne contra un recubrimiento acolchado. Contra el frío del hielo de los tragos y el que me había aportado la experiencia terrible, el entorno empezó a mostrarme su tibieza y, pese a la angostura cada vez mayor de aquel asiento de chicle que encogía por instantes, no solo no me sentí asfixiado, sino que me conecté subconscientemente con la felicidad prenatal, la quietud amena y llena de vida, la ausencia total de referencias y preocupaciones. Y supongo que me dejé llevar por el ensueño durante aquel recorrido lentísimo, de movimientos casi peristálticos, para descansar de la violencia recibida, y fueron atravesándome, entre el cansancio que me pedía abandono y la humedad de mi silla, imágenes del pasado: cabalgaba en la memoria —como en un renacer— los momentos más intensos de lo que había sido mi existencia. Y por la ventanilla que no tenía cristal sino membrana pude ver que ya llegábamos al punto del camino en que aún se encontraba el cocodrilo, allí donde me había devorado, y ambos tiempos, el interno y el real, se reunieron en uno solo mientras yo me rendía.

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