Dom. May 16th, 2021

Fiesta en el faro

De las Fiestas en el faro Víctimas de su desconocimiento y de las fantasías —gracias a la cuales le habían supuesto un origen herético a aquella mortandad—, los sobrevivientes de la alguna vez floreciente ciudad de Larat recogieron sus prendas de más valor, licores y víveres, el dinero acumulado con tanto sacrificio y cuanto fuera de estricta primera necesidad, abandonaron sus casas y le prendieron fuego a aquel lugar en el que habían transcurrido sus vidas: las llamas, que rompían el velo de la noche con un estruendo de purificación, se llevaban por delante las calles, los hogares, los balcones desde los que solía acontecer el mundo, los muebles, las telas caras, las pinturas, las vidrieras y los códices miniados, aquello que pesaba o que ocupaba un espacio precioso en su huida. Amenazaban con propagarse hasta la judería. En el fondo, casi todos esperaban que así fuera, pues estaban convencidos de que la peste había sido enviada como castigo divino y que la prolongada convivencia con los judíos, de alguna manera, lo había provocado. Olvidados los mandatos de la Iglesia, los habían aceptado extramuros, donde les permitieron establecer sus talleres y tiendas, comerciaban con ellos, incluso algunos habían buscado matrimonio entre su gente. Sabían que aquello no era correcto. Además, la enfermedad los había respetado más que a los cristianos, ¿qué otra prueba se podía pedir de que ellos eran la causa?

Sobre el crepitar salvaje se escuchaba algo que parecía un matojo de gritos, aullidos y ladridos, pero nadie lo comentó, como si fuese cierto que aquello que se ignora pasa a desaparecer.

Empezaba a despuntar el amanecer. Recogieron sus enseres y emprendieron en silencio la marcha hasta la playa. Allí los esperaban cuatro barcas de remos y un pequeño velero de un mástil: tan pocos quedaban que se acomodaron en ellos y aún sobró espacio. En el momento de su partida, con el sol levantándose sobre el horizonte, sintieron que el tiempo se renovaba, desaparecían las pérdidas y los enterramientos continuos, también los momentos de angustia, la espera y el cuándo me tocará a mí, las precauciones, el estar atento a cualquier posible síntoma y obsesionarse con un dolor, un pinchazo, una tos, un simple malestar (¿y cómo no iba a sentirse malestar si el universo conocido se derrumbaba, las personas a las que se ha querido, que te han arropado, tus maestros, tus amigos, a tus hijos se los traga la tierra de un día para otro?) que no comentarás para que no te vean ya como un muerto y se alejen de ti y te excluyan, la alegría de amanecer sin bubas al día siguiente, a la que seguirán el miedo perpetuo y la pregunta de qué hacer o qué no para evitar el contagio. La luz despertó sobre las aguas como una señal de los cielos, un nuevo pacto. En media hora llegaron a la isla, con su fuerte y el faro. Allí desembarcaron.

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Se produjo una disputa que fue subiendo de tono y amenazó con llegar a las manos cuando el capitán de La Recia pretendió irse en ella. Era un tuerto de mal talante, e irónico, que no se quiso quedar con ellos, y con el que se hubo de llegar a un acuerdo para que les vendiese su nave, con ratas y todo, porque la iban a necesitar cuando la situación mejorase para regresar a tierra firme. Daban por supuesto que allí estarían a salvo de la epidemia y que simplemente con dejar pasar el tiempo el mal iba a cesar; se creían de pronto libres de su carga, se veían sanos. Por primera vez en tres años se sentían llenos de esperanza. Le pagaron a escote sin dolerse mucho por el precio pues a la larga se habían ido apropiando de tantos bienes sin dueño que hasta los sirvientes venían ricos en el viaje. El viejo regresó en la barca de remos que cargaba como salvamento, maldiciendo y riéndose a partes iguales. Quienes lo miraban partir no comprendían que alguien pudiera estar tan loco como para volver a aquella tierra infectada, y hubo quien le gritó, en un arranque de humanidad, que diese la vuelta, pero la distancia se tragó sus palabras y pronto cada cual se ocupó de encontrar el mejor rincón en el que acomodar sus cosas y diseñar mentalmente un plano de las mejoras que habría de acometer.

Fiesta en el faro

Cerca del ángelus comenzaron los rezos y las acciones de gracias, se bendijeron las puertas y las esquinas, las construcciones y a cada uno de los integrantes de aquella sociedad emergente. No había familias de más de tres miembros allí, por lo que la mayoría de los adultos habían quedado desparejados. Pronto se propuso la idea de organizar una fiesta, bajo el pretexto de celebrar la posibilidad de un futuro, y con la soterrada intención de alcanzar una embriaguez colectiva que terciase la tienta de hembras y de machos disponibles. Un rato después, se dispuso la primera comida de aquel grupo, repleta de parabienes y amenizada por una brisa alegre que daba gusto respirar, acompañada solo con agua para reservar hasta la noche el alcohol, que entonces resultaría tan necesario. Al terminar, y siguiendo el ejemplo de los más desprejuiciados, salvo dos o tres mujeres que se enfrascaron en una cruzada en favor de la limpieza, el resto se dejó vencer por la modorra y se dieron a la siesta.

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Y el sueño es la puerta, sutil, que alguien dejó abierta para que se colara por ella quien no estaba invitado, ¡pum, pum!, llamó con sus nudillos de hueso y esta cedió, permitiéndole el paso. O tal vez fueron las pulgas, o algo maligno trajo el aire, quizá la ropa guardaba humores que permitían extenderse a la plaga, o alguien enfermo con sus manos partió el pan y lo fue pasando de boca en boca, o tal vez las presas que se habían metido en las barricas para darle cuerpo a aquel tinto venían picadas.

Al caer la tarde, la música dio comienzo. Las botellas visitaron muchos labios, hubo corros, roces, juegos de ingenio, muchas botellas se vaciaron, hasta la euforia, grandes tajadas de carne asada, risas en el patio del fuerte, apenas habían pasado dos horas y ya algunos ocupaban acompañados los recovecos más inaccesibles a las miradas. Alguien propuso encender el faro para dar señales de vida al exterior, como gritándola, o quizá para fastidiar a los amantes ya acoplados, y pues había leña, subió un muchacho con la encomienda.

Trinaban las voces, hablaba la borrachera, nadie escuchó el sonido de las falanges descarnadas contra la puerta: hubieran corrido el cerrojo. El corro de luz creció hasta estabilizarse. Hubo protestas, hubo aplausos motivados por la euforia. Quisieron recibir al esforzado como se merecía, cuando terminó de bajar las escaleras no comprendieron que su sofoco no se debía al esfuerzo y corrieron a abrazarlo, lo llevaron a hombros, le dedicaron chanzas hasta que cayó desmayado. Entonces lo miraron bien. ¡Pum, pum!, escucharon internamente que golpeaba la gran aldaba de bronce, y se les congeló la sangre en las venas, les impidió moverse durante aquel instante en que hubiera sido tan fácil salir huyendo, tirarse al agua. Un hombre tomó una antorcha y con ella fue levantando las sombras de aquellos que se habían retirado a retozar: allí había bubas, vómito negro, allí estaban las señales inconfundibles. Alguien se agarró las tripas en una convulsión repentina, ¡pum, pum!

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«Yo soy quien mi nombre temen cuantos memoran mi nombre, desde la más baja tierra hasta las más altas torres, mis amargas pasiones, a todos los hago iguales, a los grandes y menores, Desde el labrador más bajo al emperador más noble y donde el más alto Rey a los más bajos pastores».

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