Dom. May 16th, 2021
Hacia la costa sueca

Hacia la costa sueca

Hacia la pobreza se vuelve insoportable cuando concurren cuatro aspectos terribles: que no le veamos salida, que exista un punto de comparación con los no pobres, que nos sintamos internamente llamados a alguna misión inalcanzable desde la posición presente y que nuestra integridad —no solo un quiebro pasajero de salud- se vea amenazada. Los cuatro estaban presentes en la mente de Ismael Roldán cuando decidió emigrar, abandonar el pueblecito que lo había albergado desde su nacimiento y donde era bien conocido, y en el que nunca había llegado a poseer ni siquiera un pedacito de respeto, que es etéreo y no cuesta, cuánto menos la seguridad de una cena diaria. En el camino fue robando comida de los campos y de las casas descuidadas, y bajó desde San Carlos hasta San José, donde intentó encontrar trabajo, pero su muy evidente condición de ilegal y la delgadez extrema se lo impidieron, y hubo de salir huyéndole a la policía hasta Puerto Limón. Allí vio un barco nórdico, al que trepó aprovechando la noche, y en cuya bodega se instaló, sin dinero ni pasado. Tardaron casi dos días en descubrirlo, cuando le subió la fiebre y comenzó a temblar: unido al hambre, prefirió dejarse ver e intentar salvarse. Paró el primer impulso de la tripulación buscando convencerla, en un inglés básico, indecente, de que él traía suerte, que había estudiado cómo hacerlo en su tierra mágica. El capitán, Stieg, se dejó llevar por la compasión y evitó que lo tiraran por la borda, lo presentó oficialmente como polizón del Krageholms II, un navío sueco que haría una parada en Vigo y después continuaría hasta el norte, hasta Gotemburgo.

Él asistía a la conversación en cubierta después de la faena, lejano, sin comprender, pero le gustaba el sonido de las voces, le hacía sentirse parte del grupo. Antes de llegar a Vigo, el capitán —pese a su proverbial incompetencia para los idiomas- había logrado llamarle «Imaél», terminado en una especie de h aspirada que tan difícil hacía relacionar la palabra con su propio nombre. Sin embargo, Björn, el cocinero, al que le tocaba ayudar para pagar su pasaje, hablaba un inglés potable al que le introducía de cuando en cuando algún término en español, y hubiera sido un excelente guía en aquel mundo fascinante y desconocido de la marinería si el gato no se le comiese la lengua durante días completos. Él fue, cuando atracaron, quien le recomendó esconderse y no asomar el hocico bajo ninguna circunstancia, pues las autoridades españolas no se andaban con chiquitas. Y allí se quedó, mirando por una rendija entre las tablas cómo sus compañeros desembarcaban rumbo a las cantinas, primero, y después directos a los brazos de las putas. Tuvo mucho en qué pensar mientras esperaba y esperaba, desesperaba, dueño de todo el espacio, de la cocina, y los camarotes, y los cajones de los camarotes, que encerraban tantos secretos personales de quienes habían sido sus compañeros de viaje, tan diferentes contemplados en sus objetos. Hacía ya una semana que lo habían abandonado, y aguardó a que se pusiera el sol para bajar a tierra, deambuló por aquel puerto enorme y pronto consiguió trabajo ayudando a descargar pescado, a limpiar cubiertas, a llevar paquetes sin preguntar, siempre de noche, huyéndoles a los inspectores, a la policía y a los encargados quisquillosos. Le alcanzaba para pagar la pensión, una habitación compartida de cinco camas (gracias a su horario, solía tenerla para él solo) y el cuarto de baño al fondo del pasillo, comía regularmente y con cierta variedad, había conseguido algo de ropa y hasta una maleta en la que empezó a guardar, como un tesoro creciente, sus pertenencias. Descubrió que los recuerdos se pueden comprar y fabricarse, no hace falta cargar con un pasado a cuestas para empezar a vivir, y se puede empezar a ser, en el momento en que uno lo determine, dueño de su destino. En el barrio andan tan jodidos que se tapan los unos a los otros, y el «sudaca» (aunque sea de Centroamérica, los mapas importan un bledo) le cae bien a todo el mundo, es servicial y habla suave, y ya ha arrebatado un par de corazones, por fortuna sin otro dueño (un par de doñas de cierta edad y aún de buen ver: los compañeros le hacían blanco de sus chistes, pero reconocían que en cama veterana se duerme más caliente y se come mejor; así lo mal aconsejaban). Por medio de alguien a quien conoció se ganó un puesto en el transporte a Merca Madrid, con mejor paga y la oportunidad de viajar un poco, alejarse de dos inspectores que ya lo tenían entre ceja y ceja y lo habían correteado alguna vez.

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Entre cajas de pescado, el dinero se va regando, las bocas se llenan de negocio, de posibilidades, siempre cae algún billete extra al bolsillo y se conoce gente que viene de los lugares y las épocas más insospechados, los que se quedaron anclados en la Guerra Civil y aquellos que regresan naturalmente del futuro. Las ideas variadas y los idiomas fluyen; en un espacio tan reducido está reflejada -pareciera- la Humanidad. Pronto descubrió algo que todos querían.

Jaime Mora tenía un puesto en el mercado y varias pescaderías en Móstoles y Alcalá. Había hecho mucho dinero en este negocio, pero no se cansaba de recibir más, quizá no le importase gastarlo tanto como ganarlo. Le escuchó la idea:

-Desde niño, yo traigo suerte. Y conozco las recetas para toda clase de ungüentos, baños, jabones, sahumerios y cataplasmas que alejan los maleficios y atraen el dinero, el amor y la salud. Son baratos de fabricar, muy coloristas, y creo que se puede hacer una millonada con ellos. Además, huelen bien.

Hacia la costa sueca

Lo miró de arriba abajo, y le pidió que lo discutieran al acabar la jornada. Dos meses después, Ismael se trasladó a Madrid, dedicado únicamente a levantar la fábrica. Para arreglar sus papeles, la vía más rápida y barata que le propusieron fue casarse. Pensó en Sofía, fue la primera que se le vino a la cabeza, y sí le parecía que cumpliese los requisitos; faltaba saber si ella querría. Además, de cualquier modo, le parecía un paso arriesgado. Don Jaime lo apaciguó contándole que no tanto, que los matrimonios civiles vienen y van como las olas, si te los puedes costear, que cualquier unión, a fin de cuentas, puede resultar simple fachada: mira cuántas parejas famosas hay en las que, si rascas un poco la cal que las recubre, encuentras grandes grietas por las que se ve París.

Aunque tentó a otras, y pese a que una de las viuditas complacientes que tan bien lo atendieran en Vigo logró localizarlo en la capital y fue a buscarlo, dispuesta a lo que hiciera falta (le dio mucha lástima rechazarla, y hasta llegó a pensar que era cierto, que a su lado para qué quería ni fábrica ni trabajo ni preocupaciones), acabó decidiéndose por Sofía, pero con la complicación de que ella no se iría con él sin pasar por la iglesia y el traje blanco. Así eran las cosas. Y así fueron, por supuesto. Para la boda religiosa trajo a su madre, que luego no quiso regresar, y la dejaron viviendo con ellos, al principio, pero pronto la fábrica empezó a ser el sueño que él había prometido y le consiguieron su propio apartamento.

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Y, luego, mucho después, tras muchos años de vender ilusión, era ya un hombre maduro, tan establecido en España que, sin renegar de su Nicaragua natal, apenas había vuelto a ella, porque le daba tristeza y le recordaba los muchos errores que el océano de por medio había hecho desaparecer. Aquí habían nacido sus hijos, y aquí había construido su vida, tenía sus amigos. Pese a las vacilaciones iniciales, Sofía había sido una buena elección, había llevado muy bien la casa y lo poco del negocio sobre lo que él le dejaba influir, aunque a la larga cualquier asunto importante había de pasar por ella, porque era muy práctica e intuitiva, alguna razón oculta le hacía acertar donde la lógica pedestre resbalaba. Y él, aunque añoraba no haber disfrutado de la soltería con cierta solvencia, no se arrepentía de aquella decisión a la que le habían forzado las circunstancias. En lo personal, pocos anhelos se habían cumplido y ya la vida quería mostrarle la cuesta de bajada: la mejor parte había transcurrido, y no la había encontrado muy excitante. Quizá, simplemente, la vida sea una mierda, pero mientras haya salud y con qué llenar el estómago no encontraremos un motivo de protesta. El chófer les avisó de que estaban llegando a Vigo, y poco después el botones del hotel bajaba su escaso equipaje y los acompañaba hasta sus habitaciones. Después de la cena, los hijos se caían de sueño, y Sofía intentaba aguantarlo, porque sabía que él era un búho, pero también reflejaba mucho cansancio, así que los dejó en sus camas y volvió a bajar. Al salir del ascensor se dio cuenta de que se había olvidado la cartera arriba, pero no quería volver a entrar, por no despertar a su esposa. En el bar del hotel le apuntarían la bebida a su cuenta. Y también el teléfono: llamó a su director de mercadeo en la feria, que estaba todavía terminando de montar el estand, le dio instrucciones de última hora. Como siempre, no parecía posible que al día siguiente fuese a estar todo terminado, pero de alguna manera acababa consiguiéndose, o disimulándose, una feria tras otra. Él ya no llevaba ese tema directamente, se había hartado de las subidas de presión y de pegar voces, así que había delegado la misión en el departamento de su empresa al que le correspondía, solo llegaba a mesa puesta, para chocar algunas manos, salir en las fotos y firmar algún contrato, si se presentaba la ocasión. Se había convertido en una figura pública con cientos de intervenciones en televisión y sus productos baratos que devolvían un amor perdido o aumentaban la probabilidad de que te tocase la lotería. Aquellos que habían encontrado la suerte quizá gracias a él lo amaban y le enviaban cartas, lo paraban por la calle, alguno le había pedido -equivocadamente- que lo bendijera.

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No había vuelto a Vigo desde que se estableció en Madrid, era la primera vez. Tras el segundo whisky, le comía la curiosidad, le apeteció recordar, revisitar, y al posar el vaso vacío que había contenido el tercero se decidió a salir. No le quedaba ni una moneda en el bolsillo, como cuando llegó, y el pensamiento lo hizo sonreír, comparando cuánto había cambiado su situación desde entonces, también la ciudad, por lo que podía observar, entre las sombras. El hotel quedaba extrañamente cerca del puerto, y decidió caminar hasta allí, ahora que lo habían convertido en una de las glorias europeas, el lugar en que había pasado tantos trabajos, y desde donde había comenzado a levantarse. Le estaba muy agradecido a las cajas que cargó y a los sacos que movió, y hasta le gustaría encontrarse de frente con aquellos inspectores aguafiestas que lo habían perseguido, ahora que tampoco llevaba sus papeles encima pero cuando le resultaría tan fácil indicar la dirección del hotel en el que se alojaba, se los imaginaba echándole una segunda ojeada al abrigo, a los zapatos, «Perdone, señor, puede usted continuar», y si no fuera porque iba a despertar a Sofía, les diría que de eso nada, que ahora lo iban a acompañar para que pudiesen comprobar la validez de su documentación, «En serio, no es necesario», «Pero yo insisto». Quizá era el alcohol el que le traía estos pensamientos de revancha, a cuento de qué, a estas alturas.

El puerto estaba mucho más iluminado de lo que había estado entonces, no se parecía al antiguo salvo en que había vida por cualquier esquina que mirases, trasiego, descargas, voces, y nostalgia. Qué hubiera dado por volver a tener aquella edad y ser tan libre, rellenarse de aquellas sensaciones que herían por su fuerza, sentir tan intensamente de nuevo, ahora que la cotidianidad había impuesto sus reglas y diluía altos y bajos para que ningún extremo destacara, no había sabor ni en el pecado. Volver a ser joven, alejar la cercanía de la muerte en otros veinte años, recuperar su cuerpo sin artritis ni procesos degenerativos, y recuperarlo, además, conservando cuanto sabía: ese imposible tan deseado.

Perdido en estas cábalas, y sin ganas de regresar, tardó un poco en descubrir que lo llamaban. Se acercó, picado por la curiosidad, para descubrir al Krageholms II, al que apenas podía recordar por fuera, especialmente porque casi no llegó a verlo, y al capitán Stieg desde la cubierta, al borde de la rampa, pegándole gritos y dando manotazos al aire para llamar su atención. Inmediatamente quiso saludarlo y subió corriendo, y al escuchar que su capitán le decía, con aquella entonación que hacía difícil asociar sus palabras al idioma inglés, «Imaél, come on, hurry, hurry, ¡not having all day, man!», ver cómo recogían la rampa y sentir que el barco se hacía a la mar nuevamente, retomando un viaje que llevaba décadas interrumpido, su historia intermedia se esfumó, se ahogó en el pasado, y comprendió entonces que un barco nunca puede dejar atrás a nadie de su tripulación, ni siquiera a los polizones. Es la ley.

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