Dom. May 16th, 2021
Islas

El océano, la Isla y el atardecer son dos realidades tan fantásticas que anulan el sentido de la propia materialidad: en su presencia no sentimos los límites. La voz de Aarón, su grito, me sacó del ensimismamiento, había otro barco en la lejanía. Él lo estaba mirando a través de los prismáticos.

—¡Lo encontramos, justo donde fue visto por última vez!

—¿Estás seguro?

—A esta distancia, desde luego que no, pero apostaría mi mano derecha a que es él, por la forma. Toma —le pasa los binoculares a Carlos—. Dime si no es el buque más extraño con el que te has topado nunca.

—Parece un enorme petrolero, pero con partes de madera.

—Quizá sea el arca de Noé —me dio por bromear.

—Bien pudiera, con ese tamaño. Échale un vistazo.

—No, gracias, no te preocupes, a mí todas las embarcaciones me parecen iguales, no soy capaz de distinguirlas.

—En este viaje aprenderás algo, al menos. Vamos, mira hacia allá y te iré guiando en lo que debes observar mientras llegamos.

Y, en mi mente, se mezcla la ensoñación de aquel recuerdo con el ruido de la puerta al abrirse: mi jefe entraba. Traté de incorporarme.

—¿Cómo está, Vicente? No se levante. Por lo que entiendo, aún no ha llegado a hablar con la policía.

—Bueno, tuve que dar explicaciones a la patrulla de guardacostas que me rescató, como imaginará, pero cuando nos metíamos ya en temas complejos, pedí hablar con usted primero, alegando que había una investigación en marcha en el juzgado y que usted era mi superior.

—Bien hecho, muchacho. A nadie le caen bien las compañías de seguros, pero no he conocido al bravo que quiera buscarse un lío con ellas. Y, entonces, ¿qué les contaste?

—Que era el único sobreviviente en el yate, porque el resto de mis compañeros había desaparecido cuando bajaron a inspeccionar el Aurora. Yo no los acompañé porque mi labor era coordinar la información que me iban enviando y retransmitirla a tierra, los vídeos, las fotografías, las conversaciones y las mediciones de varios aparatos de los que yo no sabía gran cosa. Les dejé muy claro que yo solo estaba allí para certificar lo que averiguasen nuestros expertos sobre qué había pasado con el equipo de rescatadores que abordaron el Aurora el diciembre pasado y luego se perdieron: la compañía era cliente nuestra y, la indemnización, si llegaba a ser pertinente, entre hombres y maquinaria, y el tesoro que no lograron recuperar, pasaría de los cien millones, una cifra suficientemente alta como para que nosotros intentásemos esclarecer qué había pasado, y salvar lo que se pudiera.

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—Ya veo… —hizo una pausa, mientras pensaba en cómo decirme lo próximo—. Imagino que te pidieron una lista de la gente que navegaba contigo.

—Sí, claro, y se la proporcioné. También les mostré nuestros registros, que deben de estar estudiando todavía.

—Bien, pero ¿no les hablarías de fenómenos paranormales, barcos fantasma, militares, parapsicólogos, ni nada de eso, verdad?

—Claro que no, aún estaría respondiendo preguntas, y resultaría más sospechoso de lo que ya debo parecerles. No expliqué a qué se dedicaban los miembros de la expedición, ni de esta ni de la anterior, no entré en muchos detalles. Si salen a la luz, pues mala suerte, me van a estar interrogando durante meses.

—Y a mí, supongo. Hiciste bien, hijo. Vamos a desarrollar una estrategia y a hilar una historia creíble. Para empezar, necesito saber qué ocurrió, sin muchos detalles, únicamente aquellos que te parezcan necesarios, porque imagino que estamos apurados de tiempo. En cualquier momento a algún burócrata le parecerá raro que nos hayan dejado juntos sin haberte tomado una declaración completa y vendrá a fastidiarnos. Por favor, cuéntame lo que recuerdas.

—Me encontraba tumbado en la proa, intentando contener el vómito, porque las aguas se habían revuelto y estábamos en pleno bamboleo. Mis únicas experiencias marítimas se reducen a varios veranos en la playa, eso ya lo sabe usted, y uno pierde mucha de su atención cuando se marea.

—Ya lo imagino. Adelante, por favor.

—Resumiendo, no me enteré de las explicaciones que me intentaba dar el sargento Carlos, principalmente porque ni siquiera conseguía mantener los prismáticos pegados a los ojos. Hasta que llegamos al lado suyo no me di cuenta de lo grande que era, alto como una casa de cinco pisos, y verdaderamente largo. Quién diría que algo así estaba construido de madera. El caso es que cargaron con los maletines llenos de aparatos y salieron en la lancha. Me dejaron a cargo del Cristianne II con un par de consejos, no lecciones, sobre cómo operarlo si había problemas y, por ejemplo, el Aurora se alejaba y yo debía seguirlo. Por supuesto, suponían que podían dirigirme por radio, y había varios monitores a través de los cuales recibía su imagen. A nadie se le pasó por la cabeza que pudiera quedarme completamente solo en medio del océano. Y mucho menos, que eso fuera a causa de que se los hubiese tragado la niebla.

—Explícame esa parte.

—Cuando alcanzaron el objetivo, aseguraron la lancha y fueron trepando por el casco con arneses y cuerdas, y así mismo subieron los instrumentos. Lo primero que hicieron, arriba, fue colocarse las cámaras y repartir los sensores por la cubierta; luego fueron revisando los camarotes, grabando y describiendo lo que veían, que no era mucho, porque aquello estaba, como supondrá, bastante desangelado. Entonces fueron bajando por los diferentes niveles. Aunque el espacio era grande, iban muy deprisa porque los camarotes estaban, en su mayoría, completamente vacíos. Apenas en alguno quedaba material de la expedición anterior, pero ninguna pista que pudiese proporcionarnos una idea de qué les había ocurrido. Habían descendido tres pisos cuando llegó la niebla. La recepción de las radios empezó a sufrir interferencias, hasta que se perdió: no había señal en ningún canal. No recibía ni audio ni vídeo, y el teléfono GSM también se inutilizó. En cuestión de minutos, la mole que se encontraba delante de mí quedó oculta por una columna densísima de una niebla eléctrica, nerviosa.

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—¿Nerviosa?

—Quizá viva, sí, gris, espesa y vibrante, repleta de chispas y descargas en su interior, llena de ruido (también los altavoces que me rodeaban, las baterías, los medidores, incluso mi brújula, que no dejaba de oscilar golpeando su aguja contra el cristal).

—¿Cuánto tiempo duró?

—Es difícil calcular en esas circunstancias. Mientras la viví, me pareció una eternidad que intentaba disimularse en un par de horas, aunque seguramente se trató de un par de horas que se me hicieron largas, larguísimas. Si me asegura que fueron tres, también me lo creo. La niebla se disipó a jirones y, tal como vino, se fue. En su lugar quedamos la brisa fresca de la noche, un inmenso mar en calma, y yo. Y el yate, claro; no hubiera llegado aquí sin él.

—Lo imagino. Bien, en principio puedes contar tu historia sin necesidad de alterarla, a excepción de un par de toques para quitarle aspectos sobrenaturales como, por ejemplo, a la niebla no hace falta que la vistas tanto, baste decir que te hizo perder la visibilidad, y deja abierta la posibilidad de que estuvieras mal anclado, alega que tú de eso no entiendes, quizá derivaste, la corriente te llevó lejos. Evita cualquier comentario sobre el contenido del Aurora, refiérete nada más a que la operación buscaba recabar información sobre el destino de la expedición anterior. Y, cuando te pregunten (que lo harán, porque ya les hablaste de un tesoro) qué era lo que buscaba esta, diles que el barco en sí vale una fortuna, porque es único, y que los enseres de sus ocupantes también tienen un gran valor histórico, para coleccionistas. Vuelve a repetir que no eres un especialista en el tema, que lo tuyo son las pólizas y el papeleo de los rescates, y que hasta ahí llegas. ¿Entendido?

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—Perfectamente.

—Entonces, ya estamos listos. Date una ducha, cámbiate de ropa y vamos a presentarnos voluntariamente en la comisaría antes de que ellos vengan a visitarnos.

—Aún no.

—¿Y eso?

—Todavía hay algo más que debo contarle.

El señor Hernández puso un gesto serio, sabía que aquello no le iba a gustar.

—Está bien, te escucho.

—De ellos no volví a saber nada, aunque los estuve llamando por todas las frecuencias. No hubo respuesta, ninguno de sus transmisores volvió a emitir. Tampoco parecían recibir mis llamadas en tierra, así que, al amanecer, decidí que era el momento de intentar regresar y pedir ayuda. Con mucha dificultad, conseguí mover el bote y me dirigí hacia el punto del que creía que habíamos venido, muy lento, muy despacio, en temor constante de chocar contra algún saliente y romper la quilla. A media mañana conseguí ponerme en contacto con los guardacostas, gracias a cuyas indicaciones conseguí averiguar mi ubicación, y proporcionársela. Estaba despistado, hablando con ellos, y no me fijé hasta el último momento en que iba directamente hacia una pequeña isla. Paré el motor y traté de virar, pero lo único que conseguí fue vararme suavemente de lado. Supongo que se hubiera podido evitar de alguna manera, pero no supe de cuál. Hubo una pequeña colisión que, por fortuna, no me abrió ninguna vía de agua en el casco: repasé cada centímetro para comprobarlo. Entonces, la isla, perezosamente, con gran lentitud, primero se movió, luego se hundió y volvió a emerger al poco, entre cincuenta y cien metros de allí. El yate quedó libre y fui descubriendo varias otras islas similares en mi camino. Lo único que se me ocurre es que algún ser vivo descomunal habita debajo de aquellas aguas. Aunque sé que es imposible, por supuesto, porque en esa zona la profundidad puede ser de tres mil metros.

Y entonces me extrañó su gesto: no estaba sorprendido, ni me miraba con recelo, sino que su mirada hacia arriba me indicó que andaba perdido en sus recuerdos. Recé por estar equivocado.

¿Qué significaba todo aquello, un buque maldito, gente desaparecida, seres imposibles? Yo no había nacido para correr estos riesgos. Su voz me devolvió a la realidad.

—De esta última parte tampoco debes decir nada, ¿me entiendes?, absolutamente nada. Corre a ducharte. Te traje ropa limpia.

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