Dom. May 16th, 2021

Lección de química para mi bebé

Lección de química Semioculto por la cortina, el anfitrión cuenta los automóviles que van llegando y, cuando alcanza el número esperado, con un gesto suave (¿y complacido?) se retira de su observatorio para dirigirse al salón, haciendo un poco de tiempo con los cuadros y los muebles, pues quiere llegar el último, un golpe de efecto. A la puerta monta guardia el mayordomo, que le franquea la entrada con una reverencia. En silencio se acoge a la cabecera de la mesa. Una docena de hombres está sentada alrededor de aquella imponente tabla de roble, un tanto nerviosos algunos, a la espera de que él termine de acomodarse.

—Caballeros, me complace que hayan acudido a esta reunión, y sinceramente deseo que la misma cumpla las expectativas de los más exigentes. Obviamente no vamos a realizar las tradicionales presentaciones, y tampoco estoy autorizado, discúlpenme, a explicar cómo he conseguido las direcciones de cada uno. Baste saber que todos los presentes compartimos idéntico gusto, o afición o, si se prefiere, pequeña obsesión doméstica, y que a todos nos interesa que esta continúe siendo un secreto para el resto del mundo. —Se dispara un murmullo, varias sillas se echan hacia atrás—. No hay nada que temer, se lo aseguro, estamos en el mismo barco y, por la cuenta que nos trae, sabremos guardar la debida discreción. Antes de invitarles he pasado casi un año analizando sus perfiles y, créanme, no he invitado a ningún necio, ni a ningún chismoso. Podemos entender que somos gente de bien, un grupo de amigos con algo en común que intercambiamos pareceres y consejos. Si el entendimiento es suficientemente bueno, quizá podamos planear reuniones posteriores. Ahora, si alguien considera que no debe permanecer en nuestra compañía, o simplemente no le apetece hacerlo, con total libertad puede irse.

Lección de química para mi bebé

—Todavía no ha aclarado cuál es exactamente nuestra conexión.

—Los bebés. —Estalla un silencio absoluto, denso como una roca. Se cruzan miradas de asombro y de horror, hay quien busca en los recovecos de la madera algún micrófono oculto—. Si por nosotros fuera, la especie se habría extinguido hace mucho, casi en sus inicios.

(Se produce una aprobación inmediata, que a la postre algunos tratan de disimular con gracia, un gesto, una disculpa extemporánea dirigida a nadie en realidad. Tras recobrar la cordura, los rostros se visten de interés).

» Les juro que yo he intentado comprender a esos seres malvados, me consta que ustedes también, pero los malditos se esfuerzan en mostrarse extraordinariamente fuera de razón, tal es su voluntad. Al menos con nosotros, los varones. ¿Saben qué es lo que más me molesta? Que cualquier matrona inculta e insensata, cuyo único mérito deriva de la provisión biológica de una vagina y unas tetas no necesariamente grandes, se supone y la supones investida de la cualificación suficiente para enfrentar a los niños y atenderlos correctamente, suplirles sus necesidades y adivinar qué diablos les ocurre en cada uno de esos exasperantes momentos en que berrean. Señores, lloran por todo, lo humano y lo divino, se pasan noche y día guá que te gué. ¿O no?

(Asentimiento verbal).

»Y nos pretenden hacer comulgar con que solo existen tres causas: hambre, sueño o se ha cagado / meado.

(¡Cierto, cierto!).

» Nada más lejos de la realidad, esos desgraciados no requieren motivo alguno para romper en llanto y fastidiarnos, les sale de natural, esa mierda constituye una parte esencial de su esencia, vienen sin pan bajo el brazo y, para más inri, genéticamente preparados para provocar nuestra incomodidad.

—Los niños cabrean.

—De estar en su mano, nos pasaríamos las veinticuatro horas asomados a su cuna y mimándoles los morritos.

—Nunca agradecen, únicamente piden, piden y piden.

—Impacientes, oye.

—Y no hay manera de que aprendan nada, unos perfectos idiotas. Hasta mi gato es más listo.

—Perfectamente de acuerdo.

—Caballeros, antes de que se lancen, me veo en la obligación de repetirles la pregunta inicial: ¿Alguno de ustedes siente que no debe permanecer en esta reunión?

(Aunque hay quien se lo piensa y contempla al resto, nadie se levanta).

» Bien, entonces podemos expresarnos con plena libertad. Por supuesto, cuanto aquí se hable habrá de permanecer en la más estricta confidencialidad. Comprometámonos a ello.

(Asentimiento general).

» A partir de ahora, no emplearemos nuestros propios nombres, no intercambiaremos direcciones ni números de teléfono, ni haremos referencia a ciudades, negocios o amistades por los cuales se pueda llegar a identificarnos. Hasta donde se me alcanza, ninguno de los presentes se conoce entre sí, lo que debe permanecer igual. Nuestros nuevos apodos serán, de izquierda a derecha, Alberto, Braulio, Carlos, Chema, Daniel, Emilio, Froilán, Gonzalo, Hilario, Ismael, Juan y Luis. A mí pueden llamarme Manuel.

—Señor Manuel, me agradaría saber cuál es el patrón exacto que ha descubierto en nosotros para citarnos a esta tertulia.

—El abuso. Tendencia natural al abuso e intolerancia a los bebés. De nosotros han abusado en algún momento y de manera inconsciente estamos devolviendo el daño.

(Protestas).

» Alguno nunca se habrá atrevido a consumar el acto, pero todos lo hemos imaginado, sin duda, y hemos sentido en lo interno esa faceta oscura, olvidada por temporadas, en ocasiones controlada. Señor Ismael, y disculpe que comience con usted, tómelo como una simple elección al azar, cuéntenos qué es lo primero que se le viene a la cabeza cuando piensa en un bebé.

—El olor a leche agria —la contestación sorprende por lo inmediata— que se pega a la ropa y los sillones, las alfombras, no hay manera de eliminarlo, hasta sus excrementos son leche pura, como los de los terneros. Cómo hiede la guarida del maldito, sus enseres, sus sábanas, sus juguetes. Después de tocarlo, tengo que lavarme. No lo soporto.

—Don Gonzalo, ¿y usted qué opina de ellos?

—Que resultan agotadoramente caprichosos.

—Me consta lo mucho que usted ha meditado sobre el tema, don Carlos; ¿podría explicarnos cómo se activa nuestro impulso violento con respecto a estas criaturas?

—Directamente a través de su propia imagen. Visualmente no la soportamos. Hay algo en su complexión, en su pose y, especialmente, en su aceptación social, ese mito de que son unos angelitos adorables, que nos incita a hacerles sufrir. Se mezcla en el medio algo de celos, también, porque ellos se llevan el cariño, agostando la capacidad de su madre para ofrecer más, sin haber hecho nada para merecerlo, mientras que a nosotros nos toca esforzarnos para no alcanzar ni una miaja. También influye la diferencia de tamaño y de fuerza: difícilmente toparemos con un enemigo más débil. Eso extrae al abusón que duerme en las profundidades de nuestra alma, y sirve para que nos desquitemos de tensiones acumuladas. Víctimas ideales, los atacamos porque son mudos testigos de nuestra crueldad, no pueden reprocharnos, ni oponer resistencia. Aunque, cuidado con su mamá, que ni sospeche estas tropelías o nos acarreará graves problemas.

—Desde luego que sí. Parecen lobas cuidando a sus cachorros.

—Yo no me considero un salvaje, nunca golpearía a un niño.

—Por supuesto, eso dejaría marcas, y cuando la madre lo revisase —algo que hacen con extremada frecuencia— iba usted a desear no haber nacido.

—En general, todo el mundo le hace pequeñas trastadas a su bebé. Se trata de un juego, sin mayor trascendencia, lo cual no te convierte en un monstruo.

—Va en el carácter la intensidad de esos juegos, y el grado de placer que con ellos se obtiene.

—Yo, con lo que realmente salto y me pongo violento es con su incapacidad para entender que no deben hacer algo. Tomemos como ejemplo los enchufes, pues basta que los sueltes un instante en el suelo para que se encuentren gateando hacia uno. Magnífico imán. Da igual cuántas veces los quites de ellos, que les des un azote o les grites, jamás abandonarán esa insidiosa costumbre, e imagino qué diría la parienta si un día, ojalá que no, el muy cretino se me despista y…

—Tremendo lío.

—«¡No te puedes encargar de tu hijo ni siquiera cinco minutos! ¿Dónde tienes la cabeza?» — pronuncia, con voz aflautada.

—«¡Eres un irresponsable!».

(Risas).

—«¡Madura!».

(Más risas).

—Nos enfrentamos a una absoluta falta de entendimiento. Ante alguien que razona puedes exponer tus argumentos, o llegar a acojonarlo. Mas con ellos nada sirve.

—Un bebé genera en nosotros sentimientos tremendamente contradictorios. Si no logramos dominarlos, le acabamos haciendo daño de verdad.

—A veces alegran, o incitan a la ternura, como cuando se ponen a bailar con cualquier música, o cuando hacen muecas. Conviene aprovechar esos momentos, disfrutarlos, aunque sin permitir que interfieran.

—Del reconocimiento de nuestra historia corporal, de su observación y aceptación, nos brota el gusto por lo minimal y la miniatura. Esos labiecitos, como de mentiras, esos dedos chiquitísimos, donde no se apreciaría una fractura salvo porque uno de ellos quedase en ángulo oblicuo.

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—No me convencerá. Ellos son máquinas incansables de molestar, y cuanto no efectúan sus barrabasadas con el propósito expreso de fastidiarnos las llevan a cabo de manera que puedan herirse, infectarse, asfixiarse, accidentarse o darse un buen batacazo, en cuyo caso nosotros, sus cuidadores, la habremos cagado aparatosamente.

—Salvo que dispusiéramos de un ejemplar por el que nadie preguntase, y un laboratorio de pruebas ad hoc, donde permitirle hacer lo que le venga en gana e investigar cuánto resiste sin vigilancia salvadora el muy jodido.

—Al respecto de esa posibilidad insistiremos luego, si me lo permiten, pero por el momento prefiero que continuemos esta tormenta de ideas por el camino que llevaba: quién más y quién menos, somos en general dados de manera espontánea a alguna pequeña maldad hacia los niños, simple curiosidad científica en la mayoría de las ocasiones, del tipo «¿qué ocurriría si?», y a veces en broma. No se nos puede culpar o tachar de inhumanos por ello, se trata de una mínima veleidad.

—Verlos sufrir nos mantiene en un nivel de excitación alto y delicioso, pronto tan necesario que se convierte en vicio.

—Inicialmente se trataría, casi seguro, de un intento por educar al hijo, mientras uno mismo también aprende, qué sé yo, una regañina, una palmada en la mano para que no toque algo, y el marrano se puso a llorar como una Dolorosa. Al poco, esa se convierte en la única respuesta que consideramos lógica, por fin algo en lo que nos compenetramos: una torta y él llora, perfecto. Y descubrimos que no nos desagrada esta dominación, nuestra posición de fuerza, a la que acompaña una gran descarga de adrenalina. Nos hacemos adictos a ella. En mis manos están tu vida y tu muerte, tu bienestar o tu malestar, yo mando. Soy un dios para ti; adórame y no me jodas.

—Lloran y lloran, constantemente, no saben otra mierda, se vuelven odiosos, verdaderos monstruos.

—Hay algo atractivo, o adictivo, como bien dice el compañero… —cuenta con el dedo— Juan («¡Luis!». Risas.), Luis entonces, en el llanto del bebé, pasa de angelito etéreo a esclavista. Nadie debe atacarlo si lo hace por algo lógico: sus tres necesidades básicas. En ese caso hemos de cubrírselas inmediatamente y de la mejor manera que podamos. De acuerdo, también hay otras menores, como el frío, el dolor, específicamente el de cuando le salen los dientes, pero resultan despreciables para lo que estaba explicando. A lo que me refiero es a que en ocasiones el pequeño tirano intenta chantajearnos a lágrima viva, ignoras qué desea y él molesta, o está respondiendo a cualquier capricho, como cuando le quitas un objeto que puede ser estropeado o con el que puede lastimarse, o simplemente está protestando porque no desea permanecer más tiempo en su cuna, cama o jardín y nada más se calma si lo tomas en brazos, pues cuando lo devuelves a su espacio reinicia la berrinchera, y tantas veces repitas la operación él hará lo propio: entonces estás seguro, lo único que pretende es tocarte los cojones. —Aplausos—. Y, lo que es peor, si consientes una vez, ya estás perdido, hermano, porque a la siguiente se sabrá poderoso y lo intentará más convincentemente, hasta que sus malditos berridos y sus lagrimitas dominen completamente tu conducta. Con la de su madre basta. Al notarlo, de repente lo ves transfigurado, te sube la sensación de odio desde la planta de los pies, le sabes responsable de una actitud imperdonable e indigna, que atenta contra tu derecho inalienable de que te dejen en paz, caray, que no es mucho pedir. Hay, en especial, un momento en el que estos engendros llegan a desquiciarte por completo, y es cuando lloran porque tiene hambre (lo calculas por la hora y porque al revisar sus pañales se encuentran limpios), celérico, corres a prepararle el biberón, delante suyo, se lo agitas en sus mismas encantadoras narices de muñequito sin que cese la bulla, le pones un babero —el de siempre, al que ordinariamente sigue la ingesta— y él dale que te pego, le agitas el biberón para que se mezcle ante sus ojitos chicos, y él a lo suyo, se lo metes en la puta boca y en ese microsegundo todo cesa. Yo lo mataría. Te ha visto prepararlo y colocar el escenario, pero se la suda. No puede parar antes, no. Lo certifico, son infinitas ganas de joderte.

—Según algunas teorías, nosotros tenemos el problema (murmullo de desaprobación), pues cuando el bebé nos cabrea porque está intentando chantajearnos emocionalmente con su llantina, cierto que no debemos ceder ante él, ni tampoco dejarnos vencer por la violencia, al revés, no intentemos verlo como un ser racional, ni siquiera avanzado en la escala evolutiva tanto como la cría de un animal doméstico, sino como a un engendro descerebrado. Hemos de acoplarnos a él buscando trucos para que nos obedezca. Por ejemplo, si protesta porque pretende que le carguemos en brazos, le daremos un juguete o encenderemos la televisión para que su sonido y colores atraigan su atención, despistándolo del objetivo primordial, o efectuaremos cualquier otra maniobra de distracción que le aparte de este. —Silencio meditabundo, prolongado—. ¡Era broma, pardillos! Me importa un carajo la causa, no consigo soportar sus berrinches, así que intento taparle la boca con una toalla para no oírlo, pero me da miedo que llegue a ahogarse, por lo que suelo dejarle la nariz destapada y cada poco le retiro la mordaza para que respire.

—¿Y funciona?

—No mucho. De hecho, prolongo mi agonía y logro que los vecinos se escandalicen durante más rato, aunque con menor intensidad.

—Esa es buena. Si el nene monta la escandalera enseguida nos van a acusar de sádicos y pésimos padres.

—Y las mamás no solo investigan sus cuerpecitos en busca de cualquier señal, con encomiable memoria visual, sino que también saben si han llorado mucho e, incluso, si lo ha hecho recientemente.

—Y a los muy cabrones les queda un hipillo persistente incluso durante horas.

—Y hasta dormidos lo conservan.

—A mí se me ocurrió un experimento que seguramente alguno de ustedes también haya probado. Cuando el bebé rompía a llorar rápidamente yo le revisaba el pañal y el biberón (bueno, este no lo revisaba exactamente, sino el horario de comidas, ustedes ya me entienden) y, si eso estaba correcto, intentaba mecerlo para que se durmiese. Pero en muchas ocasiones el muy capullo lo único que perseguía era que yo lo sacase de la cuna: según lo cogía en brazos, callaba y volvía a bramar como un energúmeno cuando lo regresaba.

—Menudos bribones. —Asentimiento unánime—. Como les decía, yo había oído que si te pones a llorar en su jeta, imitándoles, al cabo se dan cuenta de que su treta no le sirve, se calman y callan. Y, sí, en ocasiones me dio resultado. Pero quise ver qué ocurría al grabar una buena sesión suya y ponérsela con auriculares, con el volumen a tope.

—¿Y? Nos tiene en ascuas.

—Y nada. Si está llorando, continúa. Si no, la experiencia le deja indiferente, como si no le importara.

—Peor aún, como si estuviese inmunizado, para él resulta normal ese maldito escándalo.

—Siempre lo sospeché, a mí me saca de quicio pero a ellos ni fu ni fa.

—Yo probé con una variante, una muñeca mecánica que era calco sonoro de mi santa hija cuando se desconsolaba, la ponía a su lado para que hicieran un dúo.

—¿Y?

—Según le diera. Hubiera debido probar más pero mi esposa tiró la muñeca. La encontraba diabólica.

—Señor Emilio, hace un rato que lo observo con ganas de entrar en la conversación. Por favor, no se prive.

—Verán, es que no me agradaría parecer un poco tonto —murmullo de apoyo; ¿apoyo al compañero o a lo expresado? —. O excesivamente cruel —murmullo de admiración—. Soy un melómano recalcitrante, y en casa mandé construir una habitación insonorizada, donde instalé mi equipo, y donde metía a mi hijita cuando me saltaba la tapa de los sesos con sus agonías. Allí la dejaba eternamente hasta que recuperase la sensatez y con ella el silencio. Pero se quedaba hipando el resto de la tarde, y entonces regresaba mi María y venga a preguntar, montaba la barahúnda, besuqueaba a la niña, me miraba como al ogro del bosque, suponía, inventaba en alto, y yo me sentía muy idiota porque me había descubierto, y también porque se entendía con la pequeña sin mayores problemas, de manera natural, y yo ni aún con un gran esfuerzo de voluntad… —Se interrumpe, aquejado por una repentina congoja.

—Tranquilo, tranquilo, nosotros hemos pasado por eso.

—Me refiero a sus uñitas en apariencia inofensivas, pero continuamente arañándote la cara, los párpados, todo el día babeándose, babeándolo todo, y mis manos, incluso cuando estoy en el trabajo, con ese olor a requesón fermentado.

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» Bueno, el asunto es que diseñé una especie de casco. El primer intento lo efectué con una pecera en forma de globo que compré expresamente, ya calculando que con una bolsa de plástico la podía asfixiar. Así que probé la pecera, y la bulla se mitigaba mucho hacia afuera, y ella podía verme a través, y yo le sonreía y le hacía carantoñas. Pero resultaba insuficiente, por lo que fabriqué un casco que hacía rebotar el sonido, creaba ecos, de manera que su propio llanto se tornaba en tormento para ella. Pero no funcionó muy bien. Cuando lo estaba perfeccionando aún, me separé, y así se terminó el problema.

—Interesante.

—Sin duda. Mi sistema fue otro. Rápidamente vi que no servía; sin embargo me causaba gran placer emplearlo. Simplemente, cuando se producía un episodio de llanto injustificado, o sea, con el único propósito de que lo sacara de su encierro, lo paseara o le permitiese jugar con algo que no debería tocar, yo lo agarraba por los pies y lo dejaba colgando. Inmediatamente el llanto se tornaba durísimo y la cabeza se le ponía roja, rojísima.

—Imagínense un dispositivo con tres ganchos en el techo de los que cuelguen tres cuerdas anudadas tipo horca, con poleas para dejar el cuerpo en vertical, sin peligro de que se nos escurra y sin que le queden marcas.

—No lo he captado del todo, pero la idea parece prometedora. Trabaje en eso y luego nos cuenta.

—Sí, pero utilice un material de tacto suave. La característica primordial de un bebé bien maltratado es que, en apariencia, goce de estupenda salud, no demuestre traumas ni presente marcas para que se pueda presentar en sociedad con garantías.

—A mí me encanta meterlo de pie en la taza del váter, entre risas, así piensa que se trata de algo bueno. Se aferra a mí, pero resbala y yo sigo riendo, se siente terriblemente inseguro, no le

permites que te agarre sino con una sola mano, la otra se la rechazas, una y otra vez, y tampoco te puedes dar el lujo de que se pegue un trompazo, por lo que debes estar alerta. Si aguanta bien, siempre puedes tirar de la cadena, lo que sin duda lo asustará mucho. Es, en general, una escena tan hermosa el verlo allí dentro que nadie en su sano juicio se resistiría a hacerle una fotografía para el recuerdo. —Aplausos—. El problema radica en dónde guardarla, si la tomas, para que no nos la descubra la cancerbera.

(Risas).

—Mi disfrute pasa por las agujas, de esas finísimas que traen las jeringuillas para inyectar insulina, esterilizadas, sin clavarlas muy profundamente, en el culete y los molletes de las piernas, la planta de los pies y el dorso de las manos. Hay que emplearlas muy expertamente para que no se noten los pinchazos. Y la gran delicia viene si sabes utilizarlas en las partes internas, como la boca, genitales, nariz o ano.

—Desconfío de andar causando heridas, la sangre es muy adulta. Además, si llegas a ese extremo ya no debes parar.

—Después comentaremos algo al respecto, si les parece bien. Por el momento, continuemos con las frivolidades.

—A mí me relaja mucho acojonarlos con la palabra, contándoles atrocidades que les voy a hacer, o que les han ocurrido a otros bebés, generalmente fantaseadas, y cuentos terroríficos siempre con expresión dulce y una voz suave, como para que no sospeche lo que se le puede venir encima.

—Algo que les da mucha rabia es que comas a su lado y golosees cada porción, la alabes, la mires, te relamas, pongas gesto de rico, mmm, gesto de felicidad en cada mordisco, y acercarle trocitos que nunca le darás. Disfruto su interés, su deseo que no ha de cumplirse. Al maldito se le hace la boca agua, mides su ansiedad por la cantidad que babea.

—Haz como que le vas a regalar, y frústralo. Tómalo en tus manos, sácalo de su carcelita con expresión de felicidad, abrázalo, bésalo, sonríele, y acuéstalo de nuevo, que ese es su sitio. Date la vuelta y sal de la estancia, apaga la luz si es de noche.

(Toma la palabra el que tiene pinta de buena persona):

—Yo lo subo a mi cama y lo dejo corretear por el colchón, muy inestable, y me revuelvo a su lado provocándole caídas, y cada vez que me golpea imagino que ese rodillazo se lo he propinado yo y no a la inversa.

—Tú pareces un blando, discúlpame, uno de esos que después de haber conseguido una larga tanda de llanto sincero y bien trabajado, cuando el bebé se reanima y le sonríe, hace que toda su voluntad de castigo se vaya por el desagüe, se enternece.

—Déjense de disputas, compañeros. ¿Han notado que les molestan los ruidos fuertes? Me refiero a los ajenos. Cuando son presa de un ataque resulta perfecto pegarles un buen silbatazo en el oído. De repente lloran con más intensidad, como si los estuvieran matando, como cochinillos ante el carnicero.

—Todavía nadie ha abordado el tópico de su piel suave y otras zarandajas.

—A mí me encanta. Incluso he llegado a masturbarme sobre el tierno culo del bebé de una novia mía y que era su calco en lo bonito. El semen se le regó por la espalda y hasta le llegaron gotas a la nuca.

(Silencio. Todos en silencio, quietos).

—Eres un enfermo.

—Vosotros habéis confesado que os gusta hacerlos sufrir.

—Sí, pero tú te has hecho una paja con uno. Lo tuyo es de sanatorio.

—Fuera de aquí. No te necesitamos en esta reunión.

(Se levanta y sale, consternado. Cuando ha cerrado la puerta):

—Aunque bien es cierto que, si el animalito está jugando encima nuestro y se interesa a manotazos por nuestras partes nobles, incluso, llevados de esa curiosidad gastronómica primordial que les obliga a metérselo todo en la boca, por supuesto sin que uno incite ni busque ese contacto, ¿creen ustedes reprobable no impedir su juego inocente?

—En absoluto, amigo, solo cuenta la voluntariedad.

—En efecto, la voluntariedad. No podemos aplicar ley a lo involuntario, ni premio ni pena.

—Ni siquiera si uno, por casualidad, previamente se ha untado, diría yo, quizá con miel.

—O con sirope.

—O con helado.

(Todas las miradas se vuelven, asombradas, hacia el que ha realizado este apunte. Se mantienen fijas en él durante un rato. Luego, se cambia de tema).

—Tras estas largas sesiones de divertimento justo, el bebé queda exhausto, y debe dormir, y nosotros disfrutar de su sueño, seguramente acompañado de ese hipo triste tan revelador.

—Ellos requieren mucho sueño, sus putas células lo necesitan para crecer.

—Si nos ha dado mala tarde, es ideal fastidiarlo cuando intenta dormirse. Lo cansamos un poco más, y más, y cuando cierra los ojos lo molestamos nuevamente una y otra vez hasta que se despierta sin brusquedad, lo hacemos permanecer intranquilo, nos llega al alma la contemplación del angelito apartando sus temores con los bracitos, lo vemos aflorar a su rostro, se dibujan el miedo y las corrientes eléctricas que lo hacen convulsionar. Se medio desvelará, quizá llore bajito, con desesperación. Cuando despierta por completo puedes hacerle creer que te marchas y lo dejas solo, puedes meterte en el armario y espiarlo por una rendija.

—Qué fácil resulta turbar su descanso, revivirlos y asustarlos. A partir de ahí, nos darán mil excusas, y más a esas horas, para que los maltratemos. En ese estado no berrean muy alto, sino áspero y quedo, lo cual es una ventaja tanto para la tranquilidad del vecindario como para nuestra reputación.

—Si vas a joderlo mucho, funciona bien el disfrazarse, al gusto infantil, no necesariamente de manera terrorífica, e incluso impregnar nuestra ropa con un perfume inusual. Así se siente más indefenso, ignora quién le ataca y no nos la guarda.

—Tampoco es que sepan hacerlo: carecen de memoria.

—No completamente.

—Cuando el mío se dormía, yo solía jugar al hielo, le pasaba uno por la espalda, o por los pies, lo suficiente para proporcionarle intranquilidad, plagarlo de pesadillas.

—No pesan nada, los renacuajos. Hay quien los acusa de frágiles, aunque no se rompen, no salvo en condiciones extremas, o por un accidente mínimo que generalmente se producirá por tu culpa y en público, de la manera más tonta. Los malditos saben aferrarse a la vida.

—Pues puedo asegurarte que a nada que se te vaya la fuerza, con la emoción, al día siguiente se encuentran mal, y salvo con grandes cuidados en poco tiempo se los lleva la muerte. Es horrible tener conciencia de que el proceso ha comenzado y conduce a ese irremediable final.

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—Lo zarandeas un poco y sin querer se parte el cuello, o le da una congestión, o cualquier porquería similar, y se te queda. Ya no se trata únicamente de él, sino también de su madre, tus amigos, tu familia, y la cárcel.

—Para estas cosas, uno le toma el gusto en casa, pero debe ir a practicar fuera, sin testigos, sin cortapisas ni recuerdos que te conduzcan a la conciencia, libres. En la estrechez del hogar apenas se te abren posibilidades.

—¡Claro! Tras meses de aguantar su estulticia, su divismo, su ombliguismo…

—Y sus antojos a deshora.

—Para entonces, realmente lo que deseamos es infundirle miedo, dominarlo por completo, volvernos su absoluto, que su desgracia y su salvación pasen por que logre complacernos. Mas, en casa, con el nuestro, el de nuestra esposa —ya que jamás podremos asegurar cien por ciento que es nuestro—, no alcanzaremos el maravilloso punto del terror, y desde el primer síntoma su actitud nos delatará, y ella se preguntará y nos preguntará qué rayos está ocurriendo: estalló el polvorín. Qué adorable sensación de poder cuando entras en la habitación del ingrato y le descubres temor en la mirada, no puede apartar su vista de ti, llora, pierde el control de la saliva, algunos afirman que hasta se orinan, aunque no lo creo probable pues, al no controlar sus esfínteres, no llegan a acumular.

—Caballeros, por lo que entiendo, la conversación empieza a subir de temperatura. Si alguno de los presentes prefiere abandonar la sala, por favor que lo haga ahora. —Tras un momento, dos de los presentes se levantan, pero uno lo vuelve a pensar mejor y se sienta de nuevo. El otro sale —. A partir de este momento hablaremos únicamente de suposiciones e hipótesis. Así gozaremos de una mayor libertad para expresarnos.

—En ese caso, podemos empezar a imaginar que conseguimos un espécimen para nuestros experimentos y lo llevamos, digamos durante tres o cuatro días, a ese chalet en la montaña lejos de cualquier lugar, sin mirones ni espías. Si nos hemos pasado, al final podemos echárselo a los perros y, si no, se lo podemos traspasar a un amigo. En Europa esto resulta impensable, pero, aquí, en América, se consiguen buenos ejemplares a un precio muy asequible. Incluso te puedes quedar con la madre mientras lo pare y lo saca adelante hasta el tamaño apetecido, el tiempo necesario para que le puedas tomar cariño y comenzar con las putadas más suaves a sabiendas de que los cuidados de ella le impedirán enfermar.

—¿Para qué encariñarse con él?

—Para aumentar el placer al momento de ejecutarlo. No se tratará de un alevín anónimo, sino del tuyo, o en cierta medida tuyo. A la madre, de paso, también la puedes usar sexualmente mientras tanto. Luego la despides. ¿Quién imaginaría que se largó sin su vástago, que te lo dejó de regalo?

—También puede haberse ocultado que fuera a tener uno.

—En ese marco ideal se pueden plantear muchos ejercicios.

—Retomando el que comentábamos antes, y para ahondar en las técnicas de tortura tan suficientemente popularizadas por el cine, el control del sueño genera resultados espectaculares. Ante una explosión de berrinche incontrolable motivada por no haberle proporcionado arrullos o mecidas, o distracción cuando se aburre, nuestra moralidad no quedará satisfecha sin un acto punitivo. Basta con esperar a que se presente la ocasión adecuada. En algún momento se agotarán. Bueno, pues si está tan cansado, que se duerma, y santas Pascuas. Pero no, protestará con todas sus energías porque le apetece que le acurruques, y sin eso no transigirá. Vale, tú espera. Llegará un momento en que claudique. Te ha hecho pasar las de Caín y algo te obliga a no dar el asunto por zanjado. ¿Cómo resistir a la tentación de continuar jugando con él hasta extenuarlo, absolutamente, tirar de su pierna, levantarlo, incluso lanzarlo al aire? Qué divertido. Tres horas después, quizá siete, sus párpados se cerrarán involuntariamente a la primera de cambio. Pondremos música fuerte, lo salpicaremos, lo zarandearemos, con el propósito de devolverle a la realidad durante tanto tiempo como tu propio cuerpo aguante. Y siempre puedes buscar un ayudante que te haga el quite cuando necesites echar una cabezadita. El diablillo precisa de mucho más reposo que tú, le llevas ventaja. Me fascina asistir al día siguiente de un niño que no ha descansado: llora mucho y se derrumba constantemente, no coordina y comete innumerables errores, perfectos para que puedas regañarlo.

—Con agua caliente lo despiertas a la mínima.

—Cuida de no producirle quemaduras, demasiado vistosas y molestas, terriblemente desagradables a la vista.

—Y duraderas.

—Yo prefiero experimentar con la alimentación. Vo y aumentando el volumen de agua y disminuyendo la proporción de leche. Esto los pone quejicas, insatisfechos, vulnerables.

—Si se sabe utilizar una sonda especial para lactantes, podemos llenarlos de agua, el estómago se les hincha pero el animalito continúa muerto de hambre. Para el trastorno dietético es obligado un gran conocimiento, pero alcanza la categoría de arte si se maneja con habilidad.

—Las asfixias también.

—Imagínense que en su parquecito instalamos como fondo una gran bandeja plástica con varios centímetros de altura. Recubrimos la estructura entera con una capa de material impermeable, para facilitar su limpieza. Dejamos a la bestia sin pañales y la atendemos allí dentro, sin permitirle salida alguna, tanto como nuestro pudor y olfato aguanten. La manipularemos con guantes y evitaremos cualquier contacto directo. En tal situación de desamparo, con las heces repartidas por todo su cuerpo, la piel le escuece, y pica, y el hedor le desagrada, su principal impulso será intentar a toda costa que lo saquemos de allí: no cedan, pues la mínima caricia le reconfortaría, dejaría de sentirse tan solo y volvería a recibir lecturas agradables de sus sensores, recuperando en parte su incipiente humanidad. En un plazo suficiente, las infecciones se harán irreversibles y el nivel de orina puede llegar a ahogarlo si no apoya correctamente la cabeza en algún tipo de almohadita baja. Y aún así, porque siempre existe el peligro de que resbale. Para interactuar en estas circunstancias, yo opero con una mascarilla, no solo debido al olor, sino también porque ahondo en la deshumanización de mi figura. También prefiero bebés de entre seis meses y doce que hayan estado conmigo como casi único soporte durante al menos los últimos tres, ustedes entienden el porqué. Les aconsejo igualmente unos buenos auriculares y su música favorita, ya que la convivencia no va a resultar agradable ni, se lo aseguro, silenciosa.

—Alguno se te habrá quedado en el intento. Digo, hipotéticamente.

—Hipotéticamente, sí.

—En sus últimos momentos, los jodidos se resisten a la muerte. Cuando estamos a punto de acabarlos es frecuente que reaccionen y, color ceniza como están, flaquísimos, llagados y doloridos, deshidratados por el llanto perpetuo, en un acto supremo de lucidez con el que pedirnos clemencia, o piedad, nos hacen alguna monería, nos sonríen, utilizan cualquiera de sus tretas.

—Estoy en contra de descuartizar sus cadáveres. Son blandos y asquerosos, y la sangre en ellos nos provoca un conflicto inexplicable. De repente, nuestras pequeñas maldades, que tan irreales nos parecían, un juego, como se ha afirmado antes, cobran una materialidad durísima. De haber sospechado este resultado, lo hubiésemos cambiado todo, quizá ni hubiésemos comenzado. Siempre hay remordimiento, la idea de un Juicio Final y una condena eterna. Por eso, señores, aprovechando su tamaño reducido, yo propugno su inmersión en ácido sulfúrico hasta que se disuelvan y desaparezcan de mi vista y mi memoria, al menos hasta que renazca en mí el impulso y me vea forzado a repetir la experiencia, sin duda mejorada. Es lo que yo llamo «lección de química para mi bebé». —Hace un gesto muy significativo con las manos.

Risas.

Se levanta el anfitrión.

—Señores, ha sido un placer contar con su presencia esta noche y sinceramente les agradezco que hayan compartido este cúmulo de conocimientos. Por hoy, se ha hecho tarde, y a cada cual le queda mucho por meditar al respecto de cuanto hemos escuchado aquí. No me parece apropiado que intimemos fuera del tema que nos ocupa, pues se pondría en peligro nuestro anonimato. Pero recibirán noticias mías para una futura reunión, de asistencia no obligatoria, por supuesto, y quizá para entonces logre ofrecerles una sorpresa adecuada a su fino entendimiento. Piensen que estamos solo en el primer paso de un largo e interesantísimo camino. Les agradecería que fuesen saliendo de uno en uno y que continuasen sin ofrecer datos personales. Aquí nos despedimos —lo dijo en un tono seco, incontestable.

(Ordenadamente, la sala se fue vaciando, hasta que no quedó nadie. El mayordomo, tan alquilado para la ocasión como la casa misma, apagó la luz).

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