Dom. May 16th, 2021

Tong Si

Calito me presenta a Octavio, Tong si al que saludo con un apretón de manos, me invita a sentarme. Habla de mí las maravillas de siempre y luego retoman la conversación principal, el tema del permiso de trabajo, me pone como ejemplo, en un momento descubro que él también lo tiene por abogado y que por tanto es extranjero, aunque no se le nota el acento, le pregunto qué de dónde y me dice que de Colombia. Aunque eso ya lo sabía, y que íbamos a hablar de los permisos y la importancia de estar legal en el país por tantas razones, hasta que saliesen a relucir sin más motivo las mujeres, los problemas conyugales de Calito sus aventuras fuera la peladita de quince años que se estaba merendando el negro Octavio (es su apellido, de nombre Manuel, no deja de sorprenderme aunque lo escuche una y otra vez), y entonces yo le aconsejara que en cuanto tuviese cuatro dólares en el bolsillo, mejor hoy que mañana, tomara su maleta y se subiese con su esposa al autobús hacia Costa Rica, pusiese tierra de por medio sin esperar a legalizar nada, porque aquí por una menor se lo llevan a La Joyita sin necesidad de pruebas, basta la denuncia de ella, o de los padres, la policía no se anda con bromas, Calito, que estuvo en el cuerpo, le contara lo que le iban a hacer por delante, por detrás, por arriba y por abajo en esta hacinadísima cárcel panameña si lo llegan a meter preso, da igual por quince días que por dos años, que es lo que le puede tardar en salir el juicio, y entonces hagamos un alto mientras él reflexiona para pedirle a la camarera, con cara de muerta, otra ronda de cervezas que también sabrán a agua y que ella nos traerá de mala gana —y para las que deberá hacer espacio entre tantas botellas vacías que ocupan una buena parte de la mesa— sin mudar la expresión, ajena a las bromas pícaras que le lanzan. Pero todo esto ya lo sabía, como si hubiese asistido antes a esta conversación, de alguna manera.

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Y también sé que seguiremos charlando de nada y levantándonos cada poco para ir al baño, y en esos momentos nos fijaremos en el resto de clientes, siete tan solo, muy pocos para un salón tan grande que solía estar lleno, qué habrá pasado hoy en la cantina Tong Si, y que de cuando en cuando la costumbre de fumar un cigarrillo me empujará hasta la puerta, pero no la abriré, en el último momento bajaré el brazo y regresaré a nuestra mesa contra la pared, como un cuarto contertulio que aporta silencio y, gracias a ella quizá, la conversación se llenará de intervalos sin palabras, hablaremos entrecortadamente de nuestros trabajos sabiendo que en el fondo a ninguno nos interesa el tema, como si ya nada nos uniese a la obra, a la oficina, al salón de clases, como si ya no nos atasen.

Tong Si

Los silencios se hacen más largos. Ocasionalmente se dispara la rocola, aunque nadie sigue el ritmo, no tenemos qué celebrar. Bajo sus efectos, me dan ganas de sentir nostalgia, de recordar a alguien, de revivir imágenes que me remuevan llevado por la música y por sus letras banales, tiernas, sufridas, sangrantes, evocadoras, pero en mi mente vacía no encuentro nada salvo la conversación que hemos sostenido y a la que volveremos en breve ―por un instante, se me ocurre la barbaridad de que en alguna manera el tiempo se esté repitiendo―, por más que escarbo, esa es mi única memoria, aunque hay una chispa que quiere abrirse paso en la tiniebla, que se me escapa y escapa y dejo de pensar en ella.

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Fuera llueve, imagino, porque no entra claridad por el tragaluz, o quizá ya sea de noche, porque hace ya mucho que entramos aquí, que se nos tragó el vientre del local y todo este calor del trópico que el aire acondicionado intenta disipar, sin mucho acierto.

Tomo asiento.

―Y él no me deja mentir— Calito me está poniendo de referencia para alguna gran verdad que quiere inculcarle al colombiano.

Por fin, la charla se pierde por completo, quedamos cada uno mirando a una esquina del suelo. Deberíamos marcharnos, pero parece que no hay prisa. Pido otra ronda con un gesto. Bebemos para ahogar las palabras. No podría calcular cuánto hace que llegamos y que la camarera de mirada vacía nos atiende, pero no puede ser tanto como parece, porque ni siquiera nos han indicado que se acerque la hora de cerrar. Veo a Adolfo detrás de la barra, sin prisas aún, quieto en su esquina. Me hace gracia un bulo que le corre, según el cual Leslie, el haitiano que compró el edificio, lo había amenazado con excavar un sótano y construirle en él otra Tong Si en la que encerrarlo junto con un puñado de parroquianos insufribles, muertos en vida, para que disfrutara de su cantina infierno si es que tanto le gustaba, eternamente. No existe nada eterno, pienso mientras voy al baño.

Calito me presenta a Octavio, al que saludo con un apretón de manos, y me invita a sentarme.

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